29/10/14

Así nos ha amado Dios





          El fondo de pantalla de mi computadora es este versículo:




          Ayer estaba en la computadora y mi hijo Yennixon estaba conmigo. Tiene 7 años y está en 2º grado, así que está en esa etapa en la que lee absolutamente todo lo que tiene delante, desde carteles, hasta etiquetas, cualquier cosa que tenga letras. Comenzó a leer el versículo en voz alta y lo leyó varias veces. Se quedó pensando y me preguntó “Si Dios nos ha amado así… ¿así cómo mami?”.

          ¡Oh música para mis oídos! Tener la oportunidad de hablar con mi hijo sobre el amor de Dios siendo él mismo el que se interesa es algo que hay que aprovechar, así que rápidamente dejé lo que estaba haciendo, agarré mi Biblia y nos pusimos a hablar. Después de esa charla me quedé pensando en el versículo. ¡No es la primera vez que una conversación con Yennixon me deja pensando en algo! Y, en la noche, con todos acostados, regresé a ese pasaje para estudiarlo un poco más. Hoy tan solo quiero compartirte algunas notas que tomé pensando en el “¿así  cómo?” de mi hijo.

          Amados, si Dios nos ha amado así…

          La respuesta la encontramos en los versículos anteriores:

1 Juan 4:9-10

En esto se mostró el amor de Dios para con nosotros,  en que Dios envió a su Hijo unigénito al mundo,  para que vivamos por él. En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios,  sino en que él nos amó a nosotros,  y envió a su Hijo en propiciación por nuestros pecados.


          El amor de Dios es así, tan inmenso, tan poderoso, tan fuera de este mundo, que envió Su Hijo unigénito para que vivamos por Él; que envió a Su Hijo Jesucristo en propiciación por nuestros pecados.

          Así es el amor de Dios. Yo como madre, preferiría arrancarme la piel poco a poco con mis propios dientes antes de permitir que algo malo les sucediera a mis hijos. Y sin embargo Dios me amó así, con tal intensidad como para que Jesús sufriera y fuera crucificado en una cruz cargando los pecados del mundo sobre Sus hombros.

          Así es el amor de Dios.

          El amor de Dios no se define únicamente por el sacrificio de Cristo, sino por la entrega del Padre, por el sacrificio de Dios Padre al dar a Su Hijo como sacrificio vicario por nuestros pecados. La “propiciación” tiene la idea de un sacrificio que apacigua la ira de Dios, ira de la que nuestro pecado nos hacía merecedoras.

          Así es el amor de Dios.



          Si Dios hubiera enviado a Jesús solamente a enseñarnos sobre Sí mismo, eso hubiera sido más de lo que merecíamos. Si Dios hubiera enviado a Jesús solamente para que lo tuviéramos como ejemplo de vida, eso hubiera tenido un valor inestimable. Pero, la maravilla de Dios es que Él envió a Su hijo para morir y salvarnos de nuestro pecado” – Boice.



          Así es el amor de Dios.

          Dios dio a Su Hijo Unigénito, a la Segunda Persona de la Trinidad para morir y para morir por pecadores. Podemos pensar en alguien que pague un alto precio por salvar a alguien noble, a alguien que lo merezca, a alguien bueno… Pero Dios lo hizo por los pecadores, por los rebeldes, por los que le volvieron la espalda.

          Así es el amor de Dios.

          Y si el amor de Dios es así, si realmente comprendemos la profundidad, la intensidad, el tamaño del amor de Dios por nosotras… entonces ¿por qué nos cuesta tanto cumplir con la segunda parte del versículo de 1 Juan 4:11?

          Amados, si Dios nos ha amado así, debemos también amarnos unos a otros.

          Debemos también amarnos unos a otros.  ¿Cómo no hacerlo si tenemos ese amor del Padre y ese amor del Hijo que nos libró de la muerte eterna, ese amor que se entregó todo, completamente, ese amor que sufrió lo indecible por quienes no lo merecíamos? Es simple y sencillo. Si Dios nos amó así, debemos, es nuestra obligación, amarnos los unos a los otros. No porque los demás lo merezcan más o menos, no porque los demás sean mejores o peores, no porque los demás tengan buenas intenciones o no…sino como respuesta al amor de Dios por nosotras.

          La manera apropiada de responder al amor de Dios es amarnos los unos a los otros, es poner en práctica el amor con el que tenemos al lado, con el que no nos cae bien, con el que no conocemos, con todos.

          Si no nos amamos unos a otros, ¿cómo podemos decir que hemos recibido el amor de Dios y que hemos nacido de nuevo a través de Jesucristo? Dios pone Su amor en nuestras vidas para que podamos sobreabundar y dar y dar y dar y dar amor sin cansarnos.

          Porque así es el amor de Dios.



          Contenta en Su servicio,

   Edurne


27/10/14

Invencible, una historia sobre el perdón







          Soy una enamorada de la historia (oh, vamos, a estas alturas sabes de sobra que soy un poco “nerd”!!) y me apasiona en forma especial el período de la Segunda Guerra Mundial. Este fin de semana estaba leyendo la historia de Louis Zamperini y me gustaría compartirla contigo.



          Louis Zamperini nació en Olean, Nueva York, el 17 de enero de 1917. Siendo apenas un bebé, su familia se trasladó a Torrance, California. Ni él ni su familia (sus padres eran italianos) hablaban inglés, por lo que tuvo una infancia dura en el colegio. Para evitar problemas en la escuela, Zamperini se metió en el equipo de atletismo, deporte que continuó practicando en el instituto. Con 19 años, consiguió clasificarse para los Juegos Olímpicos de Berlín de 1936. En 1941 se enroló en el Ejército y fue enviado al escenario del Pacífico, donde serviría como teniente en un bombardero de la Fuerza Aérea de los Estados Unidos.  Su avión fu derribado y pasó 47 días en el mar junto a otro de los tripulantes del avión hasta que fueron detenidos por un buque japonés, enviándolos a un campo de prisioneros.

          Zamperini cayó en las manos de Matsuhiro Watanabe, un guardia que tenía fama de sádico y que estaba en la lista de los criminales de guerra más buscados por Estados Unidos. Watanabe sometió a Zamperini a fuertes torturas. Finalmente, regresó a los Estados Unidos como un héroe en 1946. Contrajo matrimonio, pero sufría de un fuerte estrés post traumático y tenía problemas con el alcohol.

  

        En 1949, Louis Zamperini conoció a Jesucristo en una campaña evangelística de Billy Graham. Desde ese momento, entregó su vida al Señor y dejó que fuera Él quien sanara sus heridas. Zamperini colaboró estrechamente con Billy Graham e incluso regresó a Japón como misionero. Estando allí en 1950 pudo conocer a algunos de sus guardias durante su cautiverio. Cuando los vio, reaccionó abrazándolos como signo de perdón, y algunos de ellos llegaron a los pies de Cristo gracias a su testimonio. En 1998, Zamperini fue relevista de la antorcha olímpica con motivo de los Juegos Olímpicos de Invierno en Nagano, Japón. Zamperini murió este mismo año, en julio, a los 97 años de edad. Dedicó gran parte de su vida a proclamar el perdón, a dar charlas, seminarios, a predicar el Evangelio, a contar a todo aquel que quería escucharle que es posible perdonar a través de Cristo.

          Su historia fue escrita por una de mis autoras favoritas, Laura Hillenbrand, que publicó en 2011 su libro sobre Zamperini, Unbroken, traducido al español como Invencible. Este diciembre incluso van a estrenar una película basada en el libro y dirigida por Angelina Jolie.

          He querido traerte esta historia hoy porque creo que uno de los más grandes frenos que tenemos como creyentes es la falta de perdón.

          Y prácticamente todas nosotras luchamos o hemos luchado en algún momento de nuestras vidas con la falta de perdón ante agravios graves o leves que hemos sufrido por parte de otras personas.

          En el fondo, no nos damos cuenta de que la falta de perdón nos afecta a nosotras mismas más que a aquellos a los que no perdonamos. Hay estudios que dicen que la falta de perdón incluso nos afecta de forma física, haciéndonos más propensas a sufrir enfermedades. Y, sobre todo, bloqueando nuestra vida espiritual. Cuando Dios te perdonó, perdonó todos y cada uno de tus pecados, todas y cada una de tus ofensas. No se guardó ninguna, no te guardó rencor por nada de lo que tú hicieras, no dijo te perdono esta, pero esta otra me la guardo. Si el Dios del Universo no lo hizo así con nosotras, ¿Quiénes somos nosotras para no perdonar a otra persona de carne y hueso igual a nosotras? ¿Nos creemos más que Dios? ¿Nos creemos con más derechos que Dios? ¿O simplemente no nos damos cuenta de que buena parte de “negarnos a nosotras mismas, tomar nuestra cruz cada día y seguir a Jesús” (Lucas 9:23) pasa por perdonar a aquellos que nos han hecho daño, a los que nos han ofendido, a los que nos han humillado y maltratado?


Colosenses 3:12-13

Vestíos,  pues,  como escogidos de Dios,  santos y amados,  de entrañable misericordia,  de benignidad,  de humildad,  de mansedumbre,  de paciencia; soportándoos unos a otros,  y perdonándoos unos a otros si alguno tuviere queja contra otro.  De la manera que Cristo os perdonó,  así también hacedlo vosotros.


          La historia de Louis Zamperini me inspira a examinar mi corazón y ver si hay falta de perdón contra alguien…Pero más me inspira ver a Jesucristo en esa cruz, pagando por mis pecados, llevando el peso de mi iniquidad sobre sus hombros. Espero que también tú puedas examinar tu corazón y perdonar a aquellos que te hayan hecho daño de la misma forma que Cristo te perdonó a ti. 


          Contenta en Su servicio,


          Edurne



24/10/14

Por la fe…la Iglesia Primitiva






Hechos 2:42-47

Y perseveraban en la doctrina de los apóstoles,  en la comunión unos con otros,  en el partimiento del pan y en las oraciones. Y sobrevino temor a toda persona;  y muchas maravillas y señales eran hechas por los apóstoles. Todos los que habían creído estaban juntos,  y tenían en común todas las cosas;  y vendían sus propiedades y sus bienes,  y lo repartían a todos según la necesidad de cada uno. Y perseverando unánimes cada día en el templo,  y partiendo el pan en las casas,  comían juntos con alegría y sencillez de corazón, alabando a Dios,  y teniendo favor con todo el pueblo.  Y el Señor añadía cada día a la iglesia los que habían de ser salvos.


          No me canso de leer estos versículos. Es maravilloso ver el surgimiento de la iglesia primitiva y la relación entre los primeros creyentes:

          Perseveraban en la doctrina, en la comunión, en el partimiento del pal y en las oraciones.
          Estaban juntos y tenían en común todas las cosas.
          Vendían sus propiedades y sus bienes y lo repartían según la necesidad de cada uno.
          Perseveraban unánimes en el templo cada día.
          Partían el pan en las casas, comían juntos con alegría y sencillez de corazón.
          Alababan a Dios y tenían favor con todo el pueblo.

          Sencillez, gozo, alegría, unanimidad, perseverancia, compartir…esas eran las bases de esta primera iglesia, que no eran más que comunidades de creyentes que, de manera espontánea, se juntaban para compartir su fe en Jesucristo. Muchos de estos creyentes habían visto a Jesús, lo habían escuchado, habían caminado con Él. Y después de Pentecostés, de que los creyentes fueran llenos del Espíritu Santo (Hechos 2:4), un nuevo fuego, un nuevo ímpetu se apropió de todos ellos y hablaban con denuedo y con valentía del Cristo resucitado. Estos versículos representan el legado de la obra de Jesús.

          Eran creyentes que vivían en koinonía, en comunión, en comunidad, en hermandad, en unidad. Eran un ejemplo vivo de cómo los creyentes compartimos el mismo Jesús, compartimos la misma guía para nuestra vida, el mismo amor por Dios, el mismo deseo de alabarle, compartimos las mismas luchas y victorias, el mismo gozo, el mismo evangelio.

          Y esta unidad pronto sería probada, porque de la misma manera que compartían su fe en la vida, pronto llegaría el momento en el que compartirían su fe en la muerte.

Hebreos 11:36-38

Otros experimentaron vituperios y azotes,  y a más de esto prisiones y cárceles.  Fueron apedreados,  aserrados,  puestos a prueba,  muertos a filo de espada;  anduvieron de acá para allá cubiertos de pieles de ovejas y de cabras,  pobres,  angustiados,  maltratados;  de los cuales el mundo no era digno;  errando por los desiertos,  por los montes,  por las cuevas y por las cavernas de la tierra.


          Tenemos el recuento de la Escritura misma que nos habla de la lapidación de Esteban (Hechos 7) y de la muerte de Jacobo, el hermano de Juan, muerto a filo de espada por Herodes (Hechos 12:1-2). La tradición cuenta que Santiago el hermano de Jesús fue lapidado*, que Pedro** fue crucificado cabeza abajo, al igual que Felipe***, que Andrés**** fue crucificado, que Judas fue martirizado con un hacha… y así uno tras otro.

          Desde el momento en el que Nerón incendió Roma en el año 64 y culpó de ello a los cristianos, el pueblo desencadenó su furia contra los mansos y humildes discípulos del Salvador. Nunca se conocerá el número de víctimas que perecieron en esta persecución.  Actos de la más brutal crueldad se llevaron a cabo con hombres y mujeres. Tácito, el historiador romano, ha descrito en sus Anales el salvajismo y crueldad que deleitaron a la población. Los cristianos eran envueltos en pieles de animales y arrojados a los perros para ser comidos por éstos; muchos fueron crucificados; otros arrojados a las fieras en el anfiteatro, para apagar la sed de sangre de cincuenta mil espectadores; y para satisfacer las locuras del emperador se alumbraron los jardines de su mansión con los cuerpos de los cristianos que eran atados a los postes revestidos de materiales combustibles, para encenderlos cuando se paseaba Nerón en su carro triunfal entre estas antorchas humanas, y la multitud delirante que presenciaba y aplaudía aquellas atrocidades.

          Los cristianos morían por su fe, que, paradójicamente, era una fe viva. Esa misma fe que los fortalecía para unirse, compartir y gozarse unos con otros, les daba también la fortaleza para morir sin negar a Jesús, para morir confiando en las palabras del Salmo 48:14:

Porque este Dios es Dios nuestro eternamente y para siempre;  El nos guiará aun más allá de la muerte.

          Estos primeros cristianos, con su fe viva, menospreciaban la muerte y se aferraban a Cristo aun en el mayor de los sufrimientos. ¿Alguna vez has visto la película Quo Vadis? Siempre me ha impresionado verla, ver cómo los creyentes se enfrentaban cantando a las fieras en el circo de Roma, cómo se arrodillaban ante los gladiadores con los ojos puestos en el cielo. Y, aunque esta sea sólo una recreación, no se diferencia de lo que los historiadores del mundo antiguo nos cuentan sobre la fe de la iglesia primitiva durante la más cruel persecución.

Apocalipsis 12:10-11

Entonces oí una gran voz en el cielo,  que decía: Ahora ha venido la salvación,  el poder,  y el reino de nuestro Dios,  y la autoridad de su Cristo;  porque ha sido lanzado fuera el acusador de nuestros hermanos,  el que los acusaba delante de nuestro Dios día y noche. Y ellos le han vencido por medio de la sangre del Cordero y de la palabra del testimonio de ellos,  y menospreciaron sus vidas hasta la muerte.


          Hoy en día la iglesia sigue siendo perseguida. Vemos hermanos encarcelados, torturados y asesinados por su fe. Vemos hombres y mujeres que se enfrentan, tal y como hacía la iglesia primitiva al martirio y a la muerte. ¿Qué harías tú si mañana llamaran a tu puerta y te detuvieran por ser creyente? ¿Si te separaran de tu familia, te torturaran, te amenazaran con la muerte? ¿Negarías tu fe? Yo te soy muy sincera…no sé qué haría.

          La venida de Cristo está cerca…cada vez más cerca. Y sabemos que para nosotros los creyentes eso significa persecución. Querida amiga, oro para que, si tenemos que vivir esos momentos, nuestra fe sea una fe viva como la de la iglesia primitiva, como la de nuestros hermanos perseguidos alrededor del mundo. Oro para que, incluso en la muerte, pueda gozarme en la esperanza que tengo en Cristo, el Salvador de mi alma, y que mi fe sea viva ¡viva como el que vive para siempre!

          No sé qué tipo de persecución sufres hoy. No sé a qué tipo de problemas y presiones te enfrentas por ser creyente. No sé si tengas que camuflarte y seguir la corriente, ocultando tu fe. Pero sí sé que el Señor te anima a mostrar tu amor por Él a pesar de todo y a regocijarte en la aflicción que esto pueda traer a tu vida.

Mateo 5:10-12

Bienaventurados los que padecen persecución por causa de la justicia,  porque de ellos es el reino de los cielos. Bienaventurados sois cuando por mi causa os vituperen y os persigan,  y digan toda clase de mal contra vosotros,  mintiendo. Gozaos y alegraos,  porque vuestro galardón es grande en los cielos;  porque así persiguieron a los profetas que fueron antes de vosotros.

          Bienaventurados los que padecen persecución a causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos. Si somos perseguidas a causa de nuestra fe, en el cielo está nuestro galardón, junto con esta gran nube de testigos que sufrieron antes que nosotras.





          Te animo a que hoy podamos pasar un tiempo en oración para que Dios fortalezca la fe de cada creyente que enfrenta hoy la persecución, el martirio y la muerte alrededor del mundo.





          Contenta en Su servicio,

          Edurne


Referencias literarias sobre el martirio de los apóstoles:
*Flavio Josefo
**Tertuliano
***Eusebio
****Flavio Josefo
*****Gregorio de Tours