Herodías – Serie “Mujeres del Nuevo Testamento”

28/8/15




Mateo 14:3-11

Porque Herodes había prendido a Juan,  y le había encadenado y metido en la cárcel,  por causa de Herodías,  mujer de Felipe su hermano; porque Juan le decía: No te es lícito tenerla.
Y Herodes quería matarle,  pero temía al pueblo;  porque tenían a Juan por profeta.
Pero cuando se celebraba el cumpleaños de Herodes,  la hija de Herodías danzó en medio,  y agradó a Herodes, por lo cual éste le prometió con juramento darle todo lo que pidiese. Ella,  instruida primero por su madre,  dijo: Dame aquí en un plato la cabeza de Juan el Bautista.
Entonces el rey se entristeció;  pero a causa del juramento,  y de los que estaban con él a la mesa,  mandó que se la diesen, y ordenó decapitar a Juan en la cárcel. Y fue traída su cabeza en un plato,  y dada a la muchacha;  y ella la presentó a su madre.


Herodías venía de una familia, cuando menos, complicada. Atenta, porque su árbol familiar es digno de un culebrón. Era nieta de Herodes el Grande, a quien conocemos bien, pues era el rey al que los magos fueron a preguntar por el rey de los judíos (Mateo 2:1-2) y quien mandó matar a todos los niños menores de dos años que había en Belén (Mateo 2:16).  Era también hermana de Herodes Agripa, quien quitó la vida al apóstol Santiago (Hechos 12:1, 2.). Herodías se casó primero con su medio tío conocido comúnmente como Herodes Filipo, con quien tuvo a Salomé. Herodías se divorció de él y se casó con el hermanastro de este, Herodes Antipas, que también era hijo de Herodes el Grande.

Juan el Bautista tenía razones más que de sobra para condenar el matrimonio de Herodías y Herodes Antipas, pues era ilegal e inmoral según la ley judía. Su justa y valerosa denuncia despertó el implacable odio de Herodías, quien puso todas sus fuerzas en acabar con Juan.

Marcos 6:19 dice que, Herodías “acechaba” a Juan y “deseaba matarle”. Tal eran su odio y su rencor por aquel que había levantado su voz para calificar la relación de Herodías con Antipas: incesto, adulterio, pecado.

Imagino a Herodías hablando con Herodes Antipas y rogándole una y otra vez que hiciera callar para siempre a Juan el Bautista. Pero Herodes no se atrevía a poner una mano sobre él (Mateo 14:5) e incluso le temía, porque lo consideraba un valor justo y santo (Marcos 6:20). Así que Herodías urdió un plan retorcido para llevar a cabo su venganza.

Y ahí es donde entra su hija que, aunque no se nombra como tal en la Biblia, sabemos por el historiador Flavio Josefo que se llamaba Salomé.

El cumpleaños de Herodes fue una celebración por todo lo alto. Herodías mandó a su hija Salomé para que bailara para Herodes. Lo que el original dice sobre ella es que era una niña de no más de doce años (korasion) que bailó ante su padrastro. Este se derritió ante la danza adorable de la niña (Marcos 6:22) y le prometió darle cualquier cosa que ella quisiera. Salomé había sido instruida por su madre, le había enseñado su forma de ser y su forma de odiar. Así que esta, se volvió a su madre y le preguntó. “¿qué pediré?” (Marcos 6:24).  

Herodías aprovechó su oportunidad y le dijo que pidiera la cabeza de Juan el Bautista.

Herodes se vio comprometido de tal manera que, aun a su pesar, no pudo negarse a la petición de Salomé  y envió un guardia para decapitarle. Pusieron la cabeza de Juan en una bandeja de plata, se la dieron a Salomé y esta se la dio a su madre.

La venganza estaba consumada.

Podría escribir toda una larga serie destacando los aspectos negativos de la vida de Herodías y de cómo esta mujer es un ejemplo negativo para nosotras, pero hoy voy a escoger solamente uno: su deseo de venganza.

Como creyentes, tenemos directrices claras de cuál debe ser nuestra actitud ante las ofensas y los agravios de cualquier magnitud... y vengarse no es parte de lo que Dios nos dice que debe ser nuestro comportamiento.

Lucas 6:27-30

Pero a vosotros los que oís, os digo: Amad a vuestros enemigos, haced bien a los que os aborrecen; bendecid a los que os maldicen, y orad por los que os calumnian.
Al que te hiera en una mejilla, preséntale también la otra; y al que te quite la capa, ni aun la túnica le niegues.
A cualquiera que te pida, dale; y al que tome lo que es tuyo, no pidas que te lo devuelva.

Eso no es lo que nos pide el cuerpo la mayoría de las veces, ¿verdad? Cuando nos hacen daño queremos que la otra persona sufra también, que pague por lo que ha hecho, y apelamos al ojo por ojo y diente por diente, justificando nuestro deseo de venganza.

Pero Dios dice:

Romanos 12:19

No os venguéis vosotros mismos, amados míos, no dejad lugar a la ira de Dios;  porque escrito está: Mía es la venganza, yo pagaré, dice el Señor.

¿Guardas rencor contra alguna persona en particular? Déjalo ir. Deja que Dios se ocupe. La vida de Herodías nos sirve como ejemplo de lo que no debemos hacer. Fue una mujer que alimentó su odio día a día, que manipuló a las personas a su alrededor con tal de conseguir su venganza.

El necio da rienda suelta a toda su ira - Proverbios 29:11

Por difícil que sea, cuando nos hacen daño, debemos devolver amor, debemos perdonar y debemos dejar que sea Dios el que se encargue de poner cada cosa en su sitio y a cada persona en su lugar. Solo así podrás encontrar paz.

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Edurne


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Matrimonio en yugo desigual

26/8/15




2 Corintios 6:14 nos dice que no debemos unirnos en “yugo desigual con los incrédulos”. La iglesia de Corinto tenía un grave problema espiritual: los creyentes se casaban con personas inconversas y estas relaciones estaban influenciando negativamente en la iglesia. En lugar de ser los creyentes los que influenciaran positivamente a sus cónyuges que no conocían a Cristo, eran los cónyuges inconversos los que tiraban de los creyentes hacia el mundo.


La idea de no unirse en yugo desigual está basada en Deuteronomio 22:9 “No sembrarás tu viña con semillas diversas,  no sea que se pierda todo,  tanto la semilla que sembraste como el fruto de la viña” y se refiere al problema que surge de unir dos cosas que no deberían unirse.


Ahora bien, ¿qué hacemos cuando ya nos hemos casado con una persona que no cree en Cristo y que no comparte nuestra vida espiritual? ¿Cómo hacer que un matrimonio funcione a pesar de eso?


Si el creyente es el esposo, debe amar a su esposa como Cristo amó a la iglesia (Efesios 5:25). Si el creyente es la esposa, debe respetar a su marido como cabeza de hogar (Efesios 5:22-23; 1 Pedro 3:1). Y, aunque esto sea difícil, precisamente porque la pareja no sea creyente es especialmente importante demostrar diariamente lo que significa ser cristiano y tener una relación personal con el Señor.


El apóstol Pablo también dice que, como creyente, uno debe ir más allá en el matrimonio: “Y a los demás yo digo, no el Señor: Si algún hermano tiene mujer que no sea creyente,  y ella consiente en vivir con él,  no la abandone. Y si una mujer tiene marido que no sea creyente,  y él consiente en vivir con ella,  no lo abandone. Porque  ¿qué sabes tú,  oh mujer,  si quizá harás salvo a tu marido?  ¿O qué sabes tú,  oh marido,  si quizá harás salva a tu mujer?” (1 Corintios 7:12-13, 16)


En otras palabras, tu prioridad principal es el beneficio espiritual de tu pareja, no tu propio nivel de comodidad. La prioridad del creyente siempre debe ser extender el reino de Dios y, por supuesto, nunca va a ser algo fácil. Por el contrario, esta relación matrimonial será difícil y demandante. Después de todo, ambos viven en mundos diferentes. Tu pareja no va a llegar al Señor por una predicación constante o por estar día sí y día también recordándole su condición, sino por tu amor, tu respeto y tu ejemplo de vida piadosa.


Enfoque a la familia da algunos principios a tener en cuenta al enfrentarse al reto diario de vivir con una pareja que no comparte tu relación espiritual con el Señor:


1. Sé paciente.
Trata de recordar que Dios ama a tu pareja incluso más que tú. Dios puede estar obrando en tu pareja en maneras que tú no puedes ver y quizás te utilice en el proceso. Pero no necesita tu ayuda, así que no hagas el papel del Espíritu Santo. Permanece en oración y confía en que el Señor quiere que todas las personas se salven (1 Timoteo 2:4; 2 Pedro 3:9)


2. No te interpongas.
Es imposible ser perfecto, pero debes recordar que tu comportamiento puede atraer o repeler a tu pareja a las cosas espirituales. Estás viviendo lo que estás experimentando con Dios. Tu relación con Cristo, ¿te hace una persona con la que sea agradable estar o tu religiosidad arrincona a tu pareja?


3. Sé auténtico.
No tengas miedo de revelar tus debilidades personales. Sería hipócrita fingir que nunca estás preocupada o que no tienes dudas. Tu transparencia puede ser reveladora de tu fe, sobre todo cuando tu pareja ve la forma en la que te acercas a Dios para encontrar ayuda, consuelo y guía.


4. Sé equilibrado.
No hay duda de la importancia de la fe y de tu relación con Dios, pero es fácil perder la perspectiva cuando estamos preocupados por el bienestar espiritual de nuestro cónyuge. La “híper religiosidad” o el estar 24 horas al día 7 días a la semana ocupada en los asuntos de la iglesia harán un efecto negativo en tu pareja.


5. Examina las razones.
Toma tiempo para explorar y comprender las razones del escepticismo de tu pareja. Eso no debe, sin embargo, darnos una razón para juzgarlo (Mateo 7:1). A veces pensamos que sabemos más del otro de lo que realmente conocemos. Solo Dios sabe exactamente lo que hay en el corazón de la otra persona. Intenta comprenderlo aunque no tengas todas las respuestas.


Si estás casada con una persona inconversa, espero que esto te ayude en tu vida diaria. Nunca dejes de orar para que llegue a los pies de Cristo y vive tu fe de una manera que afecte a tu pareja de manera positiva.


¿Estás casada con un hombre que no conoce a Cristo? Si te animas, cuéntanos tu experiencia en los comentarios aquí o en la página de Facebook. 


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Edurne

5 Preguntas sobre tu crecimiento espiritual

24/8/15




 ...arraigados y sobreedificados en él, y confirmados en la fe, así como habéis sido enseñados, abundando en acciones de gracias.
Colosenses 2:7

Arraigados.

La Biblia compara en muchas ocasiones el crecimiento espiritual con el crecimiento de las plantas. Si una planta no está bien arraigada, con sus raíces bien profundas en la tierra, deja de crecer y, eventualmente, muere. A un cristiano le sucede lo mismo cuando no está bien arraigado en Cristo.

A medida que avanzamos en nuestra vida, nuestras raíces deben ir profundizándose cada vez más...

...dejando que Cristo sea nuestro nutriente principal.
...dejando que la Palabra de Dios fluya a través de nosotras.
...dejando que nuestra obediencia a Dios sea lo más importante en nuestra vida.

Pero es fácil para nosotras crecer con raíces poco profundas cuando comenzamos a nutrirnos de personas, cosas o circunstancias en lugar de en Dios y Su Palabra.

¿De qué te estás llenando?

Responde con toda sinceridad estas 5 preguntas para que puedas analizar de qué te estás llenando en este momento y veas si estás creciendo espiritualmente o no:

1. Si ves tu vida en el último año ¿Considerarías que has avanzado espiritualmente? ¿Qué estás atascada? ¿Qué has ido hacia atrás?

2. ¿En qué pasas tu tiempo día a día? ¿Pasas tiempo con Dios... todos los días, una vez a la semana, de vez en cuando?

3. Cuando la vida se pone difícil, ¿a qué o a quién recurres en primer lugar?

4. ¿Con qué frecuencia vas a la iglesia? ¿Más de un día a la semana? ¿Todos los domingos? ¿Algún domingo suelto? ¿De qué forma estás usando tus dones y talentos en el servicio a Dios? ¿Qué estás haciendo para el Señor?

5. ¿Estás influenciando a las personas a tu alrededor (familia, amigos, compañeros de trabajo, de estudios...) de manera que los estés acercando a Cristo?

2 Pedro 3:18

“Antes bien,  creced en la gracia y el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo.  A él sea gloria ahora y hasta el día de la eternidad.  Amén.”

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Edurne
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