23/4/14

3 Maneras de Mejorar nuestras habilidades como padres






(Artículo original de Crosswalk.com)

          Recibimos educación entre 12 y 20 años o más para prepararnos para el mundo laboral y para la vida en general, y, sin embargo, no recibimos educación para la tarea más difícil con la que nos vamos a encontrar: ser mamá o papá. Tenemos que ir aprendiendo. Hacemos algunas cosas bien y otras mal. Y más a menudo de lo que quisiéramos, tenemos la sensación de que estamos haciendo algo mal como padres.

          La clave es aprender de nuestros errores. Aquí hay tres cosas sencillas en las que podemos enfocarnos y que pueden tener un gran impacto en la vida de nuestros hijos.

       1. Da más ánimo que órdenes

          Controlar el comportamiento de nuestros hijos es una de las tareas más difíciles respecto a la paternidad. Me encuentro a mí mismo diciendo “no” tantas veces que estoy comenzando a pensar que necesito aprender otros idiomas para dejar de repetirme. Con el tiempo, el poder del ánimo en el desarrollo de nuestros hijos se ha ido documentando (así como el efecto negativo de alabarles de forma desmedida). Ninguno de nosotros estará en desacuerdo con que debemos elogiar a nuestros hijos más de los que los criticamos. Ese elogio debe ser específico, personal, inmediatamente después del comportamiento exitoso y nunca seguido por un comentario negativo. Y nuestro ánimo tiene mayor impacto cuando lo acompañamos de un abrazo.

          El pastor y autor Dave Stone dice: “En ausencia del ánimo, el desánimo prevalece. Si no estamos edificando a nuestros hijos, los estamos destruyendo por defecto. Una casa que se deja sola se caerá al suelo en pedazos.” (Fuente: How to Raise Selfless Kids in a Self-Centered World, Thomas Nelson, 2013)

          También se ha dicho que los niños aprenden mejor cuando se les permite hacer cosas por ellos mismos. En lugar de estar todo el día mandándoles, deberíamos considerar más oportunidades para que ellos tomen sus decisiones dentro de nuestros parámetros. De esa forma, desarrollarán habilidades en cuanto a confianza y toma de decisiones que les beneficiarán más adelante.


       2. Enseña más de lo que hablas.



          Como padres, pasamos mucho de nuestro tiempo hablando a nuestros hijos sobre cómo deberían actuar. Y, generalmente, parece que nuestras palabras les entran por un oído y les salen por el otro.

          El cineasta Martin Scorsese dijo una vez “Si alguien quiere llegar a los jóvenes a edad temprana y modelar sus mentes de forma crítica, debe conocer cómo expresar ideas y emociones de forma visual”.

          Eso es porque la mayoría de los niños son aprendices visuales. De hecho, los estudios demuestran que más o menos el 65% del total de la población aprende de manera visual.

          No solamente puedes decirles a tus hijos cómo actuar, tienes que mostrárselo. Deja que te vean ser educado y tener modales en la mesa, hablar con otros de forma respetuosa, pedir perdón, mostrar afecto, ser hospitalario, vivir una relación personal con Dios, ser generoso…


       3. Ora más de lo que te preocupas

          Para muchos de nosotros, la ansiedad es un problema constante. Nos preocupamos por todo – nuestros hijos, nuestro matrimonio, las finanzas, el trabajo… Pero Dios nos dice una y otra vez que pongamos nuestra cargas en Sus hombros, que oremos y confiemos en El (Mateo 6:25; 35; 11:28; Lucas 12:25; Juan 14:27)

          Cuando se trata de nuestros hijos, hay una sola manera de librarnos de la preocupación: volvernos a Dios. Debemos recordar que nuestros hijos le pertenecen a Dios, no a nosotros, que Él nos los ha encomendado y que siempre debemos de buscar Su guía para criarlos.

          No te desanimes, el único perfecto es Dios y Él nos va a ayudar. Todo lo que tenemos que hacer es pedírselo.


21/4/14

¿Creer para ver o ver para creer?







Juan 20:29

Jesús le dijo: Porque me has visto, Tomás creíste; bienaventurados los que no vieron y creyeron.


Ayer, domingo de Resurrección, estuve leyendo este capítulo 20 del Evangelio de Juan y me llamó la atención el modo en el que creer y ver se relacionan en este pasaje.

Había mucho para ver en esa mañana en la que María Magdalena se dirigió, con un grupo de mujeres, a la tumba en la que Jesús había sido sepultado. Había terminado el Sabbat, el día de reposo, y ya podía llevarse a cabo la tarea de preparar el cuerpo de Cristo para una sepultura permanente. No sabíamos cuántas mujeres había exactamente, pero sí sabemos que con María Magdalena estaban “la otra María” (Mateo 28:1), que era María de Betania, la hermana de Lázaro, María la madre de Jacobo y Juana (Lucas 24:10).

Estas mujeres habían pertenecido al círculo íntimo de Jesús. Habían escuchado sus enseñanzas, le habían preparado comida, le habían seguido hasta los pies de la cruz y, en esa mañana de domingo, llevaban los ungüentos y las hierbas aromáticas para preparar su cuerpo.

Esa tumba pertenecía a José de Arimatea, quien por su posición, probablemente tendría una tumba escavada en roca sólida. Se encontraba en un jardín cercano al lugar de la crucifixión (Juan 19:41). La tumba tendría una pequeña entrada y quizás más de un compartimento en el que los cuerpos pudieran dejarse después de ser momificados con especias, ungüentos y tiras de lino. Según la costumbre, los judíos dejaban estos cuerpos por algunos años hasta que se reducían a los puros huesos y, después, esos huesos se depositaban en pequeñas cajas llamadas osarios. Los osarios permanecían en la tumba justo a los restos de los otros miembros de la familia.

La puerta de la tumba estaba hecha de una piedra pesada en forma circular puesta en la entrada de forma tal que solo pudiera ser movida por varios hombres fuertes. Esto se hacía para asegurar que los restos no fueran perturbados por ladrones de tumbas que buscaban los tesoros con los que algunos hombres pudientes eran enterrados.

Cuando María Magdalena y las otras mujeres llegaron a la tumba, vieron que la piedra había sido quitada del sepulcro.

La piedra no fue quitada para que Jesús saliera, sino para que ellas pudieran ver el milagro.

Lucas nos da un detalle más del evento, nos dice que las mujeres estaban “perplejas” al ver que la piedra había sido removida.
¿Por qué estaban perplejas? ¿Acaso no eran parte del círculo íntimo de Jesús? ¿Acaso no le habían escuchado decir que le era necesario regresar al Padre? Les había dicho a sus discípulos, a sus amigos, a sus seguidores, que tenía que ir a Jerusalén, padecer, morir y que iba a resucitar al tercer día (Mateo 16:21; Lucas 24:6-7)   ¿Acaso no conocían las profecías?

1 Corintios 15:3-4

“Porque primeramente os he enseñado lo que asimismo recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras (Salmo 22:15; Isaías 53:5-12; Daniel 9:26; Zacarías 13:7) y que fue sepultado y que resucitó al tercer día conforme a las Escrituras (Isaías 53:10; Oseas 6:2).

¿Por qué estaban perplejas entonces?

No eran las únicas, cuando María Magdalena les dio la noticia a los once, “les parecía locura y no las creían” (Lucas 24:11). Y Pedro y Juan salieron corriendo a ver qué estaba pasando. Cuando llegaron a la tumba, Juan, “el otro discípulo”, que corrió más rápido, “se bajó a mirar” sin entrar al sepulcro y “vio” los lienzos colocados en perfecto orden, no cortados ni enmarañados. Pedro “vio” el sudario enrollado en un lugar aparte. Y cuando Juan, ahora sí en la tumba, vio el sudario, creyó.

Tuvieron que ver para creer.

Más adelante en ese capítulo 20, Juan cuenta cómo Jesús se apareció a los discípulos ese mismo día. Tomás estaba ausente en ese momento y dijo: “si no viere en sus manos la señal de los clavos y metiere mi dedo en el lugar de los clavos y metiere mi mano en su costado, no creeré.” (Juan 20:25)

Necesitaba ver para creer.

Y Jesús, cuando se apareció de nuevo unos días después, ya con Tomás, fue directamente hacia él y le dijo: “pon aquí tu dedo y mira mis manos; y acerca tu mano, y métela en mi costado, y no seas incrédulo, sino creyente” (Juan 20:27).

Y ahí Tomás vio y creyó.

Pero Jesús dijo “bienaventurados los que no vieron y creyeron”.

          Bienaventurados los que no vieron y creyeron… bienaventurados los que creyeron sin tener que ver.

No quiero ser demasiado dura con los discípulos. Estaban desorientados, abatidos ¡Jesús había muerto! ¿Qué iban a hacer ahora? ¿Y si todo lo que habían visto, oído y vivido junto a Jesús no era verdad? ¿Y si no era el Mesías? ¿Y si habían seguido al hombre equivocado? Las dudas y el temor los atenazaban y no les dejaban creer plenamente en que era verdad, en que el Mesías estaba cumpliendo con el plan de Dios tal y como había de ser, tal y como estaba Escrito.

El mismo Juan dice que “aun no habían entendido la Escritura, que era necesario que él resucitase de los muertos” (Juan 20:9)

Los discípulos, las mujeres en la tumba, nosotras, necesitamos muchas veces ver para creer…

Pero Jesús nos invita a creer para ver.
Creer para ver el milagro.
Creer para ver lo que Él puede hacer.
Creer para ver Su poder, Su paz, Su gozo.
Creer para confiar en Sus promesas.

Creer para verle a Él…no en el pasado con lo que hizo, ni en el futuro con lo que hará, sino en el hoy, en el ahora.

Creer para ver requiere poner nuestra fe en práctica, demanda ir contra natura, contra toda lógica, contra toda razón.

Es escoger creerle a Él…para poder ver todo lo que Él puede hacer en nosotras, con nosotras y a través de nosotras.

¿Qué vas a hacer tú? ¿Vas a ver para creer o vas a creer para ver?

Bienaventurados los que no vieron y creyeron.


Contenta en Su servicio,

Edurne





18/4/14

Controlando nuestras emociones – Envidia









          Los celos y la envidia son emociones que sentimos de vez en cuando, pero si permitimos que se vuelvan dominantes en nuestra vida, envuelven nuestra perspectiva, nos alejan de alcanzar nuestro potencial personal y nos conducen a un comportamiento destructivo. Basta decir, que vivir dominada por estas emociones  impide nuestro crecimiento hacia la madurez espiritual.

          Aunque solemos intercambiar las palabras “celos” y “envidia” hay una ligera diferencia entre ellos. “Celos” puede utilizarse de forma positiva. Viene del término griego “zelos” e implica el cuidado excesivo por algo, como en el caso de David y el templo:

Juan 2:17

“Entonces se acordaron sus discípulos que está escrito:  El celo de tu casa me consume.”


          También se aplica a Dios, e implica que El demanda nuestra alabanza y adoración de forma exclusiva (en contraposición de los ídolos):

Éxodo 34:14

“Porque no te has de inclinar a ningún otro dios,  pues Jehová,  cuyo nombre es Celoso,  Dios celoso es.”

          En el mal sentido, los celos reflejan el miedo de ser desplazado por un rival en afecto o favor. Estar celoso es estar ansiosamente sospechoso o vigilante. Corrompe nuestra motivación para hacer las cosas y nuestros pensamientos. Generalmente, el objeto de los celos suele no saber lo que la otra persona siente, por lo que se siente rechazada, pero no sabe por qué ni sabe cómo resolver el conflicto.

Hechos 13:45

“Pero viendo los judíos la muchedumbre,  se llenaron de celos,  y rebatían lo que Pablo decía,  contradiciendo y blasfemando.”

Proverbios 6:34

Porque los celos son el furor del hombre, Y no perdonará en el día de la venganza.”

          La envidia, por otra parte, siempre tiene connotaciones negativas y se refiere como “el sentimiento de descontento y resentimiento provocado por las posesiones o cualidades de otra persona, acompañado por un gran deseo de poseerlas para uno mismo”.

Proverbios 14:30

El corazón apacible es vida de la carne; Mas la envidia es carcoma de los huesos.”

          La Biblia está llena de ejemplos de personas que dieron rienda suelta a sus celos y envidia:

          Caín mató a Abel por envidia (Génesis 4:3-8)

          Sara hizo huir a Agar por envidia y, más tarde, conseguiría echarla junto a Ismael del campamento de Abraham (Génesis 16:4-6)

          Saúl intentó matar a David por envidia (1 Samuel 18:8-11)

          El hermano del hijo pródigo se enojó con su padre por envidia (Lucas 15:25-30)

          Los celos y la envidia son enumerados como parte de las obras de la carne, como parte de nuestra vieja naturaleza pecaminosa (Gálatas 5:20; 1 Corintios 3:3; Romanos 13:13; Tito 3:3). Cuando somos salvas por medio de la fe en Cristo y el Espíritu Santo mora en nosotras, todos esos sentimientos deben desaparecer para que cada día podamos ser moldeadas y que nuestro carácter sea cada vez más parecido al carácter de Cristo.

          En caso de que no seas consciente de que estás albergando celos y envidia contra otra persona, hazte estas preguntas (y sé sincera en tus respuestas). Pídele a Dios que te ayude a discernir si estás siendo dominada por la envidia:

¿Examinas a los demás con un ojo siempre crítico?
¿Tienes sentimientos de inferioridad?
¿Te quejas frecuentemente porque estás siendo tratada de forma injusta?
¿Tienes un deseo insaciable de éxito en cada pequeño aspecto de tu vida?
¿Necesitas reconocimiento constante por tus logros?
¿Se te hace difícil elogiar a otras personas?
¿Llevas un registro de rus logros y de los logros de otras personas?
¿Estás dispuesta a hacer correr rumores negativos sobre una persona exitosa o a la que le van bien las cosas?
¿Te pones una máscara para parecer más impresionante ante los demás?
¿Basas tu autoestima en tu desempeño?

          Si has respondido “sí” a alguna de estas preguntas, quizás estés batallando con la envidia, aunque no hayas sabido reconocerlo antes.

          La envidia tiene varias causas:

          Estar demasiado preocupada por hacer cumplir tus derechos

          A veces damos prioridad a nuestros derechos por encima de nuestras responsabilidades. Exigimos y exigimos que se nos haga “justicia” aun a costa de la justicia de los demás y olvidamos que nuestros derechos terminan donde comienzan los de la persona que tenemos al lado.
          Culpamos a otros (nuestros padres, el gobierno, la falta de recursos, experiencias traumáticas…) de nuestros problemas en lugar de tomar responsabilidad o acciones que nos lleven a salir de ellos y vivimos constantemente agraviadas.
          Este es exactamente el comportamiento contrario a Jesús. Filipenses 2:1-11 nos da un ejemplo perfecto de “cesión de derechos”. Jesús era el Hijo de Dios, pero, aun así, no se aferró a exigir sus derechos ni lo que era justo para Él, sino que “se despojó a sí mismo, tomó forma de hombre y se humilló a sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte”.


          Tomar el éxito de otros en forma de agravio personal

          Supón que alguien que conoces es muy bueno haciendo algo para lo que tú no tienes mucho talento. En esa situación, puedes reconocer el valor de esa persona y alegrarte por ella o vivir resentida porque tú no eres capaz de hacer lo que la otra persona hace de maravilla o porque te cuesta horrores hacer lo que para la otra persona no supone ningún esfuerzo.

Hechos 14:12

“Y a Bernabé llamaban Júpiter,  y a Pablo,  Mercurio,  porque éste era el que llevaba la palabra.”

          ¿Qué crees que hubiera pasado si Bernabé hubiera sentido celos del protagonismo de Pablo? ¿Crees que tantas personas hubieran conocido al Dios vivo si Bernabé se hubiera sentido agraviado por el éxito personal de Pablo o por ser visto como su acompañante?


          Deseos no realistas

          La envidia comienza con el deseo. Todas queremos cosas que quizás no podemos tener: dinero en abundancia, un matrimonio exitoso hijos con buen comportamiento, mejor apariencia, una casa más grande, un trabajo mejor… no hay nada de malo con desear cosas siempre que nos mantengamos en la realidad y que tengamos claro que, no obtenerlos, no resta valor a nuestra vida. Sin embargo, cuando estas cosas se convierten en “esenciales” vemos con envidia a todo aquel que tiene aquello que nosotras deseamos.


          Búsqueda de reconocimiento

          No hay nada malo con querer que reconozcan nuestros méritos o que nos feliciten por un trabajo bien hecho. Pero, en ocasiones, ese deseo puede convertirse en competitividad mal canalizada que tiene la envidia como raíz.


          Incapacidad de alegrarse por los logros de otros

          Es difícil para la persona envidiosa compartir el gozo y los logros de otros, especialmente cuando esos otros están consiguiendo las cosas que el envidioso más anhela.

 

 

¿Cómo mantenemos la envidia y los celos bajo control?

 

          ¿Tienes sentimientos de envidia? Reconócelos. Sé honesta contigo misma, pídele al Espíritu Santo que te revele cualquier aspecto de tu carácter que esté siendo controlado por los celos. Confiesa esos sentimientos como lo que son: pecado y acepta el perdón de Dios.

 

          Escoge librarte de la envidia

 

          Gálatas 5:26 dice que la envidia nos impide vivir una vida controlada por el Espíritu Santo y nos impide, por tanto, crecer espiritualmente. Haz la decisión de vivir sin codiciar nada que otros tengan y pide a Dios que te fortalezca en esta decisión.

          Da gracias por lo que tienes

          Echa un vistazo a tu alrededor y comienza a agradecer a Dios por ti, por quién eres, por cómo eres, por tu familia, por tus amigos, tu trabajo, tu casa, tu carro, tu computadora… ¡la lista de cosas que Dios te ha dado y te da cada día es interminable! Fíjate en los pequeños detalles, en las cosas materiales y en las intangibles, las que no puedes ver o tocar pero que, definitivamente, puedes sentir: la sonrisa de tu hijo, la lluvia en un día caluroso, una noche de descanso… Tan sólo fíjate en todas las bendiciones con las que Dios te rodea y comienza a fijarte en lo que tienes, no en lo que te falta y vive una vida basada en el contentamiento

1Timoteo 6:8

“Así que,  teniendo sustento y abrigo,  estemos contentos con esto.”

          Comienza a dar a otros

Hechos 20:35

En todo os he enseñado que,  trabajando así,  se debe ayudar a los necesitados,  y recordar las palabras del Señor Jesús,  que dijo:  Más bienaventurado es dar que recibir.”

          La envidia está enraizada en el egoísmo y sólo se preocupa de satisfacer los anhelos de la persona que tiene esos sentimientos. Al compartir nuestras posesiones materiales, alabar los éxitos de otros y animar a otras personas a conseguir sus metas, quitamos el foco de nosotras mismas y lo colocamos en los demás. Y es ahí cuando comenzamos a experimentar el gozo de dar: de dar nuestro tiempo, nuestro aliento, nuestras posesiones a otras personas, cambiando nuestros patrones egoístas y renovando nuestra forma de pensar y de ver el mundo a nuestro alrededor.

          Mantén los logros terrenales bajo la perspectiva de lo eterno.

1Timoteo 6:7

“porque nada hemos traído a este mundo,  y sin duda nada podremos sacar.”

          El día que te mueras no podrás llevarte nada material, todo quedará atrás: la cuenta bancaria, la casa grande, las ropas lindas, los 65 pares de zapatos… nada podrá ir contigo a la eternidad. Vive de forma que tu mayor impacto esté en las personas, no en las cosas. Céntrate en objetivos eternos, en hacer lo que Dios demanda de ti, sin importar lo que demanda de los demás.


Aplicación

          ¿Tienes problemas de celos? ¿Hay alguien a quien envidies? ¿Por qué? ¿Qué te hace tener esos sentimientos hacia esa persona? Ora y pídele a Dios que te libre de los celos. Ora para que te muestre tus puntos fuertes y aquellas cosas que haces bien. Comienza a verte a ti misma con otros ojos.

          Si has roto la relación con alguna persona por causa de los celos, confiesa tus sentimientos a Dios y haz lo que sea necesario para restaurar esa relación.


Oración

          Padre ayúdanos a mantenernos lejos de los celos y a dar gracias y contentarnos con aquello que tenemos. Seguimos clamando tus promesas de libertad con respecto a esto. Gracias por el perdón y la fortaleza que tenemos en Cristo. Amén.


En la semana –

          Memoriza: Proverbios 14:30
          Lee la historia de José y sus hermanos en Génesis 37 y analiza el papel y la motivación de cada uno de ellos. ¿Qué provocó la ira de los hermanos de José? ¿Cuál fue el resultado de esa ira? ¿De qué forma se restauró la relación entre José y sus hermanos (Génesis 45:1-8; 50:15-21)? ¿Qué principios sobre la envidia y los celos puedes ver en estos pasajes? ¿Qué enseñanza puedes sacar par ti misma?



          Los celos y la envidia pueden ser altamente destructivos. Pero podemos tenernos bajo control si vivimos con una actitud de gratitud y contentamiento, buscando dar gracias a Dios por lo grande y por los detalles en nuestra vida. Fijémonos en Jesús y en Su ejemplo, en el Hijo de Dios que, teniendo todos los derechos, escogió vivir sin tener dónde recostar la cabeza (Lucas 9:58).


Contenta en Su servicio,

Edurne


          Artículos anteriores:
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