A la batalla

18/8/17





Mi corazón se rompía esta semana al recibir la noticia de la muerte de un muchacho de nuestra iglesia.

Este muchacho de apenas veinte años había tomado malas decisiones en los últimos años y se había juntado con malas compañías. Como resultado de esto, terminó preso en el retén de Puerto Ayacucho.

La versión oficial de lo que pasó el miércoles dice que hubo un motín y fuerzas especiales entraron al retén a contenerlo. La verdad es que los mismos que armaron a los presos, les quitaron los custodios y los usaron durante años para cometer delitos “bajo el radar”, decidieron aniquilarlos cuando se les escaparon de las manos. Casi 90 presos para los que no habrá justicia en una Venezuela en la que esa palabra ha dejado de existir, fueron masacrados.

Este muchacho fue uno de ellos.

Pero yo lo recuerdo de otra forma. No he parado de pensar en estos días, mientras acompañábamos a su familia en el dolor, en una de las primeras veces en las que lo vi. Cuando yo llegué a Venezuela él era apenas un niño de ocho años y lo recuerdo cantando en el escenario con sus hermanos y su padre. Era uno de los nuestros, uno de tantos muchachos que se quedaron por el camino en nuestra iglesia.

Tampoco puedo dejar de pensar en mis hijos, que ahora tienen 10, 8 y 6 años y que suelen estar en el escenario cantando igual que hacía este chico.

Se están criando en medio de una sociedad en la que los valores se han perdido, en la que el respeto se ha perdido, en la que todo atajo sirve. Cada día vivimos en un mundo más atroz, en un mundo más cruel, en un mundo más egoísta.

Por eso hoy llamo a todas las madres a la batalla.

Esta guerra en la que estamos envueltas solo podemos ganarla de rodillas.

Ya es hora de que las madres demos la pelea en oración por nuestros hijos. Son sus vidas, su futuro, su alma los que están en juego. No pensemos que tenemos tiempo, o que hay cosas más importantes que hacer. No. Sin darnos cuenta, nuestros hijos van creciendo, van conociendo personas que los van influenciando negativamente y que los van alejando más y más de Dios.

Este es el momento, tengan tus hijos la edad que tengan, de ponerte a orar por ellos con fervor, con pasión, con denuedo, sin descanso y sin desmayo.

Orar por salvación.
Orar porque vuelvan a los caminos del Señor.
Orar para que vivan conforme a la Palabra.
Orar para que tengan vidas útiles y productivas en medio de la sociedad en la que viven.
Orar para que sean una luz en medio de su generación.

Madres, estamos en una guerra dura y cruel que va a durar toda la vida. No desmayemos. Oremos las unas por las otras, las unas por los hijos de las otras.

La mayoría de los que murieron en la prisión el miércoles eran apenas muchachos que estaban comenzando su vida. Qué desperdicio, qué vidas tiradas por la borda. Oremos por la juventud de nuestros países. Por esa juventud que se está perdiendo, por esos muchachos que se están alejando no ya de nuestras iglesias, sino de nuestro Dios. Nuestros jóvenes son nuestro futuro, así que, pensemos ¿Qué futuro queremos tener?

No dejes de clamar hoy. Debemos salir a la batalla.

Después miré, y me levanté y dije a los nobles y a los oficiales, y al resto del pueblo: No temáis delante de ellos; acordaos del Señor, grande y temible, y pelead por vuestros hermanos, por vuestros hijos y por vuestras hijas, por vuestras mujeres y por vuestras casas.”

Nehemías 4:14

Contenta en Su servicio,

Edurne

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Si no sabes cómo comenzar a orar por tus hijos, aquí te dejo algunos recursos que he ido compartiendo en el blog en estos años –




Desde mi corazón

10/8/17






Si has leído El viaje de una mujer desde hace un tiempo te habrás dado cuenta de que, durante 6 años, he estado publicando un artículo prácticamente todos los lunes, miércoles y viernes.  En temporadas he publicado los 5 días de la semana, en otras tan solo un par de días por semana, pero, a pesar de las luchas y de las ocasiones en las que me he planteado dejarlo, de los cambios, de los problemas, de la conexión ¡de todo! he seguido publicando.

Hasta este mes de mayo.

No sé cuántas veces he compartido en redes en diferentes ocasiones que no tengo conexión porque nos han robado la línea de teléfono. Han sido tantas que ya me da hasta pena compartirlo. Sigo en eso. Sigo sin cables. Y cada vez que los ponen, los vuelven a robar.

Al principio me lo tomé como un tiempo de descanso. ¡Dios me está dando el descanso que tanto necesito! ¡Ja!

Cuando comencé a aburrirme de tanto descansar pensé “Quizás este sea el momento de escribir mi libro”.

Verás, desde que era niña he soñado con escribir, con publicar ¡Quería ser la nueva Agatha Christie! Y, además, ese es el paso lógico que dan todas las bloggers después de un tiempo publicando en su blog ¿cierto? Tienes que publicar un libro para ser “alguien”, para estar en las “grandes ligas”. Ya llevo seis años de blog, se supone que, a estas alturas, ya debería haber publicado algo.

Así que me puse manos a la obra y comencé a escribir.

Nada. Cero. Niente.

Siempre tengo ideas y temas en mi mente sobre los que quiero compartir. No esta vez. Estos meses en los que Dios me tenía “descansando del blog para escribir mi libro” han sido una tortura, una agonía y una frustración.

Estoy leyendo un libro que se llama Raíces Humildes (Humble Roots) de Hannah Anderson cuyo tema es, obviamente, la humildad, y en él habla sobre que nuestro orgullo nos hace decepcionarnos y frustrarnos cuando nos comparamos con otras personas o cuando las cosas no salen como nosotras queremos porque olvidamos que somos polvo.

Salmo 103:14
Porque él conoce nuestra condición; Se acuerda de que somos polvo.”

Y, al olvidar que somos polvo, y que lo único que nos diferencia de la tierra normal y corriente es el soplo divino de Dios en nuestras vidas, ponemos el listón demasiado alto y tenemos una concepción demasiado elevada sobre nosotras mismas, sobre nuestro papel y nuestra importancia.

Como lingüista, me encantó leer el estudio filológico que hizo sobre las palabras “humildad” y “humanidad”. ¿Te das cuenta de que comienzan de la misma forma? Eso es porque ambas vienen de la misma raíz latina “humus”. Tierra.

La humildad comienza al recordar de dónde venimos. La humildad comienza al recordar que ser humano es ser polvo.” - Hannah Anderson, Humble Roots

Déjame decirte que en estos meses he recibido una enorme lección de humildad por parte de Dios. Me he dado cuenta de que mi frustración, mi angustia por no ser capaz de escribir ese dichoso libro no son nada más que el resultado de mi ego.

Sip.

Nos vemos intentando estar a la altura de otros para probarnos a nosotros mismos que somos tan importante como pensamos que somos. Vemos a amigos conseguir logros, quizás incluso en el ministerio, y eso nos hace sentirnos más pequeños. Así que, en privado, nos recordamos a nosotros mismos nuestros logros para hacernos pensar que somos tan necesarios como ellos.” - Hannah Anderson, Humble Roots

Pues eso, una lección de humildad.

Finalmente me encontré entre lágrimas, pidiéndole perdón a Dios y poniendo delante de Él el deseo en mi corazón. Sí, quiero escribir. Sí, me gustaría ganarme la vida publicando libros y haciendo lo que amo. Pero no de cualquier manera.

Dios conoce el deseo de mi corazón y, en Su tiempo, y si es Su voluntad, lo concederá. Pero, y ahí es donde comenzaron las lágrimas, tuve que decir en voz alta y sacar desde lo más profundo de mi ser un: “Tú sabes mejor que yo. Y si ese libro o ningún libro nunca llegan, igual estaré contenta en Ti.”

Quizás nunca lo haga, quizás nunca llegue mi momento, quizás Dios tenga otras cosas para mí. Pero igual estaré contenta e igual seguiré escribiendo en este rincón cibernético en el que me encuentro contigo. Aunque no tenga buena conexión, aunque solo pueda escribir de vez en cuando, aunque todos los demás hagan otras cosas, yo estaré contenta el Él y en lo que sea que tenga para mí en cada momento.

Soy una simple bloguera. Y no tengo pretensión de ser nada más si no voy de la mano de Dios.


Salmo 38:9

“Señor, delante de ti están todos mis deseos, y mi suspiro no te es oculto”

Amiga, el suspiro de tu corazón no le es oculto a Dios.

Delante de Él están todos tus deseos y el suspiro de tu corazón no le es oculto. Él sabe. Él sabe qué es lo que más deseas. Quizás sea sanidad, quizás sea algo material, quizás sea un trabajo, un esposo, hijos, la reconciliación con un ser querido, algo espiritual… Dios lo sabe.

Ahora bien, déjame decirte que sí, Él lo sabe, pero que quizás el deseo de tu corazón no sea Su voluntad para ti, o no sea Su voluntad para ti en este momento. Y debes estar preparada para escuchar un “no” o un “todavía no” de parte de Dios y estar, de igual manera, contenta con lo que Él tenga para ti en este momento.

Sí, lo sé. Esa es la parte difícil. Tan solo recuerda que Él tiene planes y propósitos perfectos para tu vida (Jeremías 29:11), que Él te ama con amor eterno (Jeremías 31:3) y que Él, de alguna manera que no comprendemos, utilizará todo lo que suceda… y lo que no, para tu bien (Romanos 8:28).

Que Dios me recordara en este tiempo en que he sentido la espada de Damocles sobre mí con respecto al dichoso libro y a qué hacer con mi tiempo al no tener conexión, ha sido una lección de humildad como hacía tiempo que no recibía. Ha sido terrible para mi ego… pero necesario para mi alma.

Así que aquí sigo, como una simple “blogger” con problemas de conexión y sin libro… pero contenta en lo que Él tiene para mí en este tiempo.

Nunca mejor dicho…

Contenta en Su servicio,

Edurne

¡Hasta que me pueda volver a conectar! Gracias por seguir ahí.

Vagancia espiritual

15/5/17






Estoy segura de que todas hemos leído muchas veces versículos como este:


Proverbios 13:4

“El alma del perezoso desea, y nada alcanza; Mas el alma de los diligentes será prosperada.”


Y lo hemos aplicado muchas veces, lógicamente, al trabajo físico, contraponiendo la pereza a la diligencia, la vagancia al esfuerzo.

Pero creo que también lo podemos aplicar a nuestra vida espiritual.

¿Te has dado cuenta de lo extremadamente fácil que es convertirnos en vagas espirituales? En el momento en el que nuestras agendas se aprietan, dejamos de leer la Biblia, de orar, de servir en ministerio, de asistir a la iglesia. Dejamos que se enfríe nuestra relación con Dios. Comenzamos a retroceder en nuestro caminar espiritual y a vivir la vida a nuestra manera.

El problema es que nos acostumbramos a esto y, por eso, podemos aplicar a nuestra vida espiritual todos los versículos sobre la pereza que encontramos en la Escritura (te animo a buscarlos y a leerlos en clave espiritual).

Nos volvemos vagas espirituales cuando nos enfocamos más en lo que podemos “sacar” de nuestra relación con Dios más que en lo que podemos “dar” a Dios. Por eso cuando las cosas nos van bien y la vida nos sonríe nos es fácil dejarnos ir y hacernos más vagas espiritualmente hablando.

Cuando queremos tener resultados físicos, perder peso, ponernos en forma o entrenar para una maratón, sabemos que tenemos que esforzarnos y trabajar duro.

Cuando queremos tener resultados intelectuales, sacar una carrera, aprender un idioma, obtener una titulación en un área que desconocemos o adquirir conocimiento, sabemos que tenemos que hincar codos y dedicarnos al estudio.

Sin embargo, cuando queremos tener resultados espirituales, tener una relación vibrante con Dios, conocer Su voluntad, vivir en obediencia a la Palabra de Dios, tener valores, disfrutar de una comunidad de creyentes, servir en un ministerio efectivo… el esfuerzo desaparece y pensamos que solo con las intenciones tenemos suficiente, porque Dios hará el resto.

Y no es así. Dios hará Su parte cuando tú hagas la tuya, no antes.


Filipenses 2:12

Por tanto, amados míos, como siempre habéis obedecido, no como en mi presencia solamente, sino mucho más ahora en mi ausencia, ocupaos en vuestra salvación con temor y temblor”


De la misma manera que entrenamos nuestros cuerpos y nuestras mentes y nos esforzamos para conseguir las metas y los objetivos que nos fijamos, tenemos que entrenar también y bregar para que nuestra vida espiritual sea plena, vibrante y significativa.


1 Timoteo 4:7-8

Ejercítate para la piedad; porque el ejercicio corporal para poco es provechoso, pero la piedad para todo aprovecha, pues tiene promesa de esta vida presente, y de la venidera.”


¿Sientes que estás un poco vaga en tu relación con Dios? ¿Tu vida se está complicando con nuevas responsabilidades, horarios más apretados y distracciones? Esfuérzate, no te dejes ir. Pon el despertador 15 minutos antes cada mañana para tener un tiempo a solas con Dios, anota durante el día cosas por las que puedes dar gracias o por las que necesitas orar y ten un tiempo de oración antes de acostarte. Lee un libro de la Biblia o profundiza en uno que no conoces mucho. Anota un versículo y llévalo contigo durante una semana para que lo memorices.

Y no tengas temor ni vergüenza en pedir ayuda. Únete a un grupo de estudio en tu iglesia o en línea, pide a otras personas que oren por ti para que puedas enfocarte en tu crecimiento espiritual, busca una mentora espiritual o, al contrario, una discípula. De cualquier manera, no te detengas.

Contenta en Su servicio,

Edurne