"Mientras estén conmigo" por Laura Noguera

La otra noche, mientras le leía a mi hija de 9 años la historia de Moisés, la parte donde la hija del faraón le entregó el niño a Jocabed después de haberlo encontrado en el río para que lo criara, me puse a pensar.
¡De seguro Jocabed no cabía en sí de alegría! ¡Dios le permitiría cuidar de su propio hijo, al menos por un tiempo! Cuando lo pensó con más calma se dio cuenta de que ese niño ya no le pertenecía, tenía otro nombre…una nueva madre, un día se lo pediría de regreso y ya no lo vería nunca más… ya no sería más su hijo, ni un hijo de los hebreos, sino un príncipe de Egipto.(Gen.2:1-10 y heb.11:23-29).

Más de una vez se habrá preguntado ¿hasta cuando lo tendré conmigo? ¿Un año, dos, diez? No podía saberlo. Pero desde el comienzo tomó una decisión: Mientras esté con ella, el tiempo que le permitieran conservarlo, le daría la mejor educación posible. Le sembraría en el corazón el amor y el temor al Señor, le contaría vez tras vez, como el Señor había creado a Adán y Eva la historia de la caída del hombre y la promesa de salvación de parte del Creador, como había llamado a Abraham, la promesa de que los hebreos volverían a Canaán; le enseñó a orar y a esperar en el Señor, con amor de madre le enseñó que Dios es amor y es Santo, esos hermosos relatos que pasaron de padres a hijos por generaciones. Porque sabía que tarde o temprano, Moisés sería llevado al palacio del Faraón y allí debería hacer frente a muchas tentaciones difíciles, también le debe haber contado como él mismo fue librado de morir a causa de una intervención divina, y como él podía llegar a ser un hombre de Dios si permanecía fiel a su Señor…

Los años pasaron muy rápido para Jocabed, entre su duro trabajo de esclava como todos los israelitas y colocando en el corazón de ese niño estas verdades. Pero el día llegó y la hija del faraón mandó a buscar al niño, tendría tal vez unos 12 años, fue llevado a palacio, que diferente la vida allí, ¡nada que ver con el modesto hogar de un esclavo! Durante las próximas décadas fue enseñado e instruido en todo arte y ciencia de los egipcios, fue poderoso en palabras y obras. Moisés tenía humanamente hablando “un futuro brillante” ¡aún podría estar en el trono!
Sin embargo en medio de sus estudios, riquezas y privilegios nunca olvidó lo que su madre le enseño en esos pocos años, siempre pensaba en lo que ella le había dicho acerca de lo que el Señor quiere de sus hijos, se enfrentó a todo lo  que un joven podía desear en aquellos días, estaba entre la crema de la sociedad, estaba en la casa del que tomaba las decisiones para gobernar el mundo en ese momento, tenía acceso a cuanto privilegio nos pudiéramos imaginar. Pero nada de eso corrompió a este hombre de Dios, formado por una madre en la cual habitaba esa “fe no fingida” de la habla Pablo, cuando se refiere a Loida y Eunice, otras dos forjadoras de un hombre de Dios como fue Timoteo.
Y este relato me conmovió las entrañas y solo pude pedir perdón al Señor por no ser tan consciente del paso del tiempo y de la responsabilidad que Él puso en mis manos y en las de mi esposo, Moisés fue llevado a palacio, más o menos a los 12 años. ¡¡¡Es la edad de mi hijo!!!. Y ya nunca tuvo la influencia de nadie piadoso ni temeroso de Dios a su lado, solo todo el arte y la ciencia que el mundo puede dar. Sin embargo dice hebreos, que cuando tuvo que tomar una decisión “prefirió ser afligido con el pueblo de Dios, que disfrutar de las ventajas pasajeras del pecado, teniendo por mayor riqueza que los tesoros de Egipto los vituperios de Cristo”.

Pensé  en que no sabemos el tiempo que tendremos a nuestros hijos para instruirlos en los caminos del Señor, damos por sentado que serán muchos años y que seguiremos influenciando en su vida por siempre…¡¡pero es tan poco tiempo para desperdiciarlo!! Es en la niñez que tenemos todas las oportunidades, ya en la adolescencia, tienen más independencia, sus tentaciones y luchas, y allí es difícil que le inculquemos algo, sino más bien tendrán que poner en práctica aquello que les hayamos enseñado.

Moisés estuvo expuesto a las mismas tentaciones que nuestros hijos, dinero fácil, acceso a círculos de poder, posiciones de privilegio, pero nunca olvidó aquello que Jocabed le enseñó en su niñez, en su casa o cuando trabajaban…Me imagino a Moisés con una sonrisa en su rostro, cuando escribía aquello que Dios le había dicho en  Deuteronomio 6:4-13. Que dice “estas palabras estarán en tu corazón y las repetirás a tus hijos en la casa, en el campo, andando en el camino”…ya que seguramente recordaba, como Jocabed debió hacer eso precisamente con él en esos primeros años de vida.

A veces nosotras decimos ¡pero yo tengo tan poco tiempo! Trabajo en el día, los niños van a la escuela, después de la escuela van a deporte, o aprender música o idiomas…y un sinfín de actividades…nos preocupamos porque tengan una buena educación, y un buen pasar económico, que puedan comprarse la ropa de moda, el celular, la computadora. Pero nos olvidamos realmente lo importante: y es sembrar en nuestros hijos el conocimiento de nuestro Dios, de su amor, de su plan de Salvación para nuestros hijos, de su necesidad de un Salvador.

Jocabed era una mujer ocupada sin duda, era una esclava, trabajaba sin goce de sueldo al igual que todos los hebreos, de sol a sol, pero aprovechó cada momento del día para enseñar a sus hijos: al acostarse, al levantarse, estando en el campo o en el camino. ¡Nadie está tan ocupado como un esclavo! Y sin embargo encontró el tiempo y la oportunidad para enseñar a sus hijos.

No te olvides, los años pasan rápido, pronto tus hijos no estarán tan cerca de ti, y estarán expuestos a muchas tentaciones y peligros. Mientras estén contigo, no sabemos por cuanto tiempo, decidamos ser las mejores enseñadoras que podamos, y sembremos lo eterno en su mente y corazones.

¡Cuidemos ya a nuestros Moisés, Timoteo, Samuel, Ester, Dorcas, o María!

¡Gracias a mi querida amiga Laura Noguera por enviarme esta reflexión y poder así compartirla con todas!

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