Serie - El Fruto del Espíritu / 5 - Paciencia

16/6/11


        


          ¿Alguna vez ha ido a pescar? Para cualquier persona que no sea amante de la pesca, pasar horas en silencio esperando a que un pez agarre la carnada es, no sólo aburrido, sino en gran manera desesperante. Pero, para el pescador, esa espera vale la pena, está entrenado para aguardar calmada y reposadamente hasta que el pez se decida a tragar su anzuelo. La actitud de un pescador es el ejemplo perfecto de lo que es la paciencia.

          Paciencia se define en el diccionario como “Capacidad para soportar con resignación desgracias, trabajos u ofensas” o “Tranquilidad para esperar”. En el Nuevo Testamento se traducen como “paciencia” dos términos griegos diferentes:

~        “Jipomóne” /‘Ypomwnh/– La paciencia con respecto a las circunstancias. Literalmente significa “esperar debajo de algo”, es resistir a las circunstancias, a veces en extremo adversas, pero no necesariamente.
~        “Makrozimía”  /Makroyumia/ – La paciencia con respecto a las personas. A veces lo traducimos también como “longanimidad” o “largura de ánimo”

          Debemos aplicar la paciencia, por lo tanto, en dos áreas de nuestra vida: con respecto a las circunstancias y con respecto a las personas.
          Romanos 15:5 califica a Dios como “el Dios de la paciencia”, no sólo porque Él tiene paciencia infinita para con nosotros (2 Pedro3:8-9; Isaías 30:18; Nahúm 1:3), sino porque Él nos insta a tener paciencia, a esperar con tranquilidad, a tener calma y reposo para aguardar lo que vendrá el tiempo que haga falta, confiando en que Dios hace las cosas a Su tiempo (Deuteronomio 11:14; Salmo 31:15; Job 24:15).

          El Señor nos dice que debemos ser “imitadores de aquellos que por la fe y la paciencia heredan las promesas” (Hebreos 6:12). Job es uno de nuestros referentes bíblicos en lo que a la paciencia se refiere (Santiago 5:10-11); él aguantó todo lo que le sucedió, llegó hasta límites insospechados y, aún así, fue capaz de confiar en Dios y alabarle. A su pregunta “¿Cuál es mi fuerza para esperar aún?” (Job 6:11) nosotras podemos responder confiadamente ¡Dios!  Tenemos aún otro referente más, el ejemplo perfecto: el Señor Jesucristo. 2 Tesalonicenses 3:5 dice: “Y el Señor encamine vuestros corazones al amor de Dios y a la paciencia de Cristo”, la paciencia de Cristo durante su vida en la tierra, bajo toda clase de sufrimientos y persecuciones  debería ser nuestro ejemplo a seguir. En este versículo Pablo ora para que los tesalonicenses, que estaban enfrentando persecución, mostraran la misma paciencia de Jesús al ser rechazado por los judíos.  Sólo con paciencia podremos recorrer el camino que Dios ha trazado para nosotras y obtener así, las promesas que Él nos ha dado (Hebreos 10:36; 12:1-3; Gálatas 6:9); sólo con esfuerzo seremos capaces de aguantar la espera (Salmo 31:24; Salmo 27:14)

         El salmista dice en el Salmo 130:5-6:
5Esperé yo a Jehová, esperó mi alma; en su palabra he esperado.
6Mi alma espera a Jehová más que los centinelas a la mañana, más que los vigilantes a la mañana”
          Debemos aprender a esperar y a esperar con paciencia. Es una difícil disciplina que debemos aprender en nuestra vida. Ante las situaciones que se dilatan en el tiempo, ante todas esas cosas que nuestro corazón desea que sucedan, en medio de esas épocas difíciles que parece que no terminan nunca ¡Debemos aprender a esperar!

          Hay recompensa para nuestra paciencia: Lamentaciones 3:25,26 nos dice que Dios es bueno con los que esperan en Él; El Salmo 37:34 promete que Dios te exaltará si esperas en Él, “al que espera a Jehová le rodea la misericordia” (salmo 32:10). Dios nos promete que si esperamos con paciencia Él escucha nuestro clamor y endereza nuestros pasos (Miqueas 7:7; Salmo 40:1-2), renueva nuestras fuerzas (Isaías 40:31).

          La palabra de Dios no sólo nos dice, como hemos visto, que debemos esperar y tener paciencia con respecto a las circunstancias (“Jipomóne”) sino que también nos exhorta a tener paciencia con las personas que nos rodean (“Makrozimía”): Efesios 4:2 nos dice que nos soportemos con paciencia los unos a los otros, lo mismo aparece en Colosenses 3:21-13. También 2 Timoteo nos dice que debemos predicar, redargüir, reprender y exhortar con toda paciencia y doctrina. Lo que no nos dice es que debemos tener paciencia solamente con las personas que nos caen bien; es nuestro deber como mujeres que buscan agradar a Dios y glorificarle al esforzarnos en desarrollar cada área del Fruto del Espíritu, ser pacientes con esas personas que nos irritan, que nos cansan, que nos molestan de alguna forma. Y ante todas las cosas desarrollemos la paciencia con las personas, la largura de ánimo, en nuestro hogar, con las personas que lo conforman, ya sea esposo, hijos, padres, hermanos… ¡practiquemos la longanimidad en nuestro hogar para poder ser pacientes con las personas fuera de él!

         No es fácil ser pacientes y esperar, especialmente “esperar sin desesperar”, pero Dios es “escudo a todos los que en él esperan” (2 Samuel 22:31; Salmo 18:30, Salmo 33:20; Proverbios 30:5), es nuestra salvación (Salmo 42:5). Recordemos que es “el Dios de toda paciencia” y Él es quien nos da el poder para esperar (1 Timoteo 4:10).  Tampoco es fácil tener paciencia con los demás, pero a eso somos llamadas. Para esperar con confianza lo que ha de venir, sea bueno o malo, sea que Dios conteste nuestra oración pronto o tarde, para soportar a las personas con toda paciencia, apoyémonos en Dios y esforcémonos en desarrollar la difícil virtud de la paciencia.

Para estudiar y meditar -

1. 2 Corintios 6:3-9 nos da una lista de situaciones en las que podemos desarrollar nuestra paciencia y longanimidad. Anote en qué áreas podemos hacerlo y cualquier otra idea que considere importante en este pasaje:


2. Lea con cuidado Lucas 21:10-19. ¿En qué situaciones nos advierte el Señor que deberemos aplicar la paciencia?

3. Lea Colosenses 1:9-14 ¿Cuál es la oración de Pablo por los colosenses y también por nosotras?

4. En 1 Samuel 1:1-18 nos encontramos con Ana, una mujer que lleva mucho tiempo esperando por un hijo. Vemos en la primera parte cómo se desespera ante la negativa de Dios de darle un hijo, pero en los últimos versículos su actitud cambia, el versículo 18 dice que “no estuvo más triste”. ¿Qué provocó este cambio en la actitud de Ana? ¿Qué fue lo que la ayudó a tener paciencia? ¿Cómo puede aplicar esto a su vida?

5. Después de lo aprendido en este capítulo, ¿en qué situaciones cree que debe hacer un esfuerzo por desarrollar la paciencia? ¿Con qué personas va a esforzarse en ser paciente?

5. Memorice Santiago 5:7-8

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