Raíces profundas



Porque aunque estoy ausente en cuerpo, no obstante en espíritu estoy con vosotros, gozándome y mirando vuestro buen orden y la firmeza de vuestra fe en Cristo. Por tanto, de la manera que habéis recibido al Señor Jesucristo, andad en él; arraigados y sobreedificados en él, y confirmados en la fe, así como habéis sido enseñados, abundando en acciones de gracias.”
Colosenses 2:5-7

            Los árboles tienen raíces muy profundas en la tierra y debe ser así, deben tener un anclaje firme para poder resistir las inclemencias del tiempo. Es por eso que es tan difícil sacar un árbol de raíz. Hace falta excavar muy profundamente.
            ¿Son profundas tus raíces?
            Una vez que somos salvas por la fe, comenzamos a crecer en nuestra vida cristiana. Al principio, somos como una planta joven que necesita atención y cuidados constantes. Al ir creciendo en nuestra fe, nuestras raíces comienzan a hacerse más grandes y más profundas. Del mismo modo que una planta necesita de agua y sol para crecer, nosotras necesitamos beber continuamente del evangelio de nuestra fe para seguir fortaleciendo nuestras raíces. Cuanto más nos centremos en la verdad de la obra de Cristo en nuestro favor, más crecerá nuestra relación con Él. Cuanto mejor comprendamos el inmenso amor de Dios por nosotras, más cuenta nos daremos del gran sacrificio que fue hecho en nuestro favor. Cuanto más nos aferremos a la gracia que se nos ha dado, más rebosaremos de agradecimiento.
            Nuestra vida cristiana está motivada por la gratitud, no por la culpa. Amamos y obedecemos a Dios porque estamos saturadas de Su amor. No lo obedecemos por culpa o por miedo, sino como respuesta a todo lo que El ha hecho por nosotras. Nuestras raíces profundas, que han ido creciendo en ese amor y esa obediencia día a día, nos dan la fuerza,  la base firme que necesitamos para vivir nuestra fe.
            Las tormentas van a venir. El enemigo te va a atacar. Las personas te van a herir. Las pruebas y los tiempos difíciles van a llegar. Cuando lo hagan, regresa al principio y recuerda quién eres en Cristo. Eres amada de forma más profunda de lo que se puede expresar con palabras.  Eres hija de Dios y heredera del reino eterno. No importa qué tormentas puedan sacudirte si tus raíces son profundas.
            Eleva tus ramas hacia la luz de la Palabra. Profundiza tus raíces en el evangelio de la gracia. Aliméntate continuamente de Dios y permanece firmemente plantada en el Señor.

“¿Qué, pues, diremos a esto? Si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros? El que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con él todas las cosas? ¿Quién acusará a los escogidos de Dios? Dios es el que justifica ¿Quién es el que condenará? Cristo es el que murió; más aun, el que también resucitó, el que además está a la diestra de Dios, el que también intercede por nosotros. ¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿Tribulación, o angustia, o persecución, o hambre, o desnudez, o peligro, o espada? Como está escrito: Por causa de ti somos muertos todo el tiempo; Somos contados como ovejas de matadero. Antes, en todas estas cosas somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó. Por lo cual estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro.”
Romanos 8:31-39




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