La escuela de los hijos

21/1/13





Estas dos últimas semanas me ha tocado enseñar en la escuela dominical sobre la familia de Isaac, y hoy quiero compartirles dos lecciones sobre Rebeca.
Todas nos emocionamos con la historia de cómo se gestó el matrimonio de Isaac con la servicial y generosa joven Rebeca (Gn 24). Y llegó el tiempo de que Dios  bendijo este matrimonio con hijos: Esaú y Jacob (el embarazo se cita a partir de Gn 25.20).
Pero los detalles empiezan cuando dice:
Gn 25.27, 28.- Los muchachos fueron creciendo, y Esaú se convirtió en un hábil cazador. Él era un hombre de campo, pero Jacob tenía un temperamento tranquilo y prefería quedarse en casa. Isaac amaba a Esaú porque le gustaba comer los animales que cazaba, pero Rebeca amaba a Jacob. (NTV)

1.      No tener preferencias con los hijos.
Aquí describe las personalidades de cada hijo, diferentes, cada uno con sus fortalezas y debilidades, como todas las creaciones de Dios, que nos dotó con un propósito definido. Pero en lugar de tratarlos igualitariamente, sus padres decidieron tener preferencias, o como decimos ahora “consentidos o chiqueados”, lo que nos lleva a sembrar amargura en los corazones de los pequeños. A tal grado, que hubo un momento en que Esaú dijo:
Gn. 27-41b.- Entonces Esaú comenzó a tramar: 
«Pronto haré duelo por la muerte de mi padre 
y después mataré a mi hermano Jacob».

Es normal que sientas mayor afinidad con cierto hijo (a), pero hay que cuidar los corazones. Yo solo tengo un hijo, pero tengo el ejemplo de mi suegro, que no hace ninguna acepción con alguno de sus tres hijos, a todos los trata igual, sin distinción. Eso lo admiro de él.

2.-Ejemplo de la madre.
Cuando Isaac se sintió ya viejo y sus días terminaban, dijo a su primogénito Esaú que le hiciera su guisado favorito para bendecirlo antes de morir (Gn 27). Pero Rebeca lo escucha y le dice a su hijo consentido que ganara la bendición de su hermano y tramó engañar así a su marido, con todo y que sabía que Dios había planeado que el mayor serviría al menor (Gn 25.23), pero Rebe quiso “ayudarle” a Dios.
Aun así Jacob reaccionó ante el pecado de su madre y le dijo:
Gn. 27.12, 13.- Quizá me palpará mi padre, y 
me tendrá por burlador, y traeré sobre mí 
maldición y no bendición.
Y su madre respondió: Hijo mío, sea sobre mí tu maldición;
solamente obedece a mi voz y ve y tráemelos.

¡Qué versos tan impresionantes! En otras palabras, Rebeca diría: “No me contradigas muchacho, a ti que no te importe, solo haz lo que te digo.”
Se ve que Jacob fue redargüido y le  responde a su madre que está mal, sabía las consecuencias, pero ella estaba cegada con el “amor” y deseo de “protección” para su hijo, que ni siquiera se dio permiso de reflexionar un poquito sobre las consecuencias.
De la madre engañadora, su hijo mentiroso, o mejor dicho, de tal palo, tal astilla.
¿Sabes? Durante muchos años yo sabía pecados que debía abandonar, pero pensaba: "no son tan graves y no creo hacer daño a alguien, en su caso, no son tan importantes, o los que me conocen ya saben que así soy y ya. Algún día me darán ganas de cambiar."
Cuando nació mi entonces bebé, un día, soñando despierta sobre ciertas actitudes positivas que yo deseaba tuviera mi hijo cuando fuera grande, me percaté y dije: ¡Cielos! Cómo voy a enseñarle eso si yo no lo hago, si no cambio esto antes de que mi hijo hable ¡lo voy a dañar! Le voy a contagiar esto que no es bueno para él (¡ni para mí tampoco!). Como bien decía mi profesor de Vida Cristiana, no hay principios bíblicos para grandes y niños, son para todos por igual.
Ha sido mi motivación en cambiar bastantes áreas que Santi no debe aprender, o si las aprende ¡¡que no sea de mí!!
Hay estudios seculares que señalan que la influencia en el carácter, defectos, decisiones y  forma de vida alcanzan hasta la tercera generación.
Qué responsabilidad tan grande. El ejemplo arrastra. Puedo decir mucho a mi hijo, enseñarle versículos, vocabulario cristiano, alabanzas e historias bíblicas, pero si no le doy ejemplo, si no lo vivo, de nada sirve.
Yo no le enseñé a mi pequeño a decir gracias. Él vio que sus padres se daban gracias entre sí y solito empezó a ser agradecido. Desde chiquito, me ve leer, y le encanta acostarse y ver libros, yo no se los di, ni le dije que es hermoso leer, ni lo pongo a ver libros, simplemente se los coloqué a su alcance.
Hace unas semanas empezó a decir que le daba pena con las personas extrañas. Y le dije el domingo que llegamos a la iglesia: “Vamos a decir Hola” y me contesta: “No mamá”, con actitud de vergüenza. Entonces respondí: “me vas a acompañar a ver cómo mamá saluda”. Y sé que si soy perseverante en eso, él va a llegar a saludar a los extraños solo sin que yo lo envíe.
Y así puedo seguir la lista, si somos personas que acostumbremos hacer ejercicio, que cocinamos con empeño, si somos ordenados, amorosos, higiénicos, perseverantes, y viceversa, flojos para la actividad física, cocinar con fastidio, desordenados, distantes, sucios, inconstantes, etc., nuestros descendientes lo serán, o por el contrario inspirados por nuestro mal ejemplo no querer ser como nosotros.
Y no estoy diciendo que Rebeca fuera mala mujer, simplemente pecadora redimida, con aciertos y áreas siempre por cambiar, porque perfectos hasta que lleguemos al cielo, pero hay que tener cuidado y estar siempre examinando nuestros corazones para afectar lo menos posible negativamente hablando.

Sal. 139-23-24.- Examíname, oh Dios, 
y conoce mi corazón;
Pruébame y conoce mis pensamientos;
Y ve si hay en mí camino de perversidad,
Y guíame en el camino eterno.

En algunas partes de Suiza, suelen enjaular a un canario con un ruiseñor, con el fin de que aprenda el uno el cantar del otro. El aprendizaje es un resultado de estar juntos.

Que Dios tenga misericordia de nosotros y dejemos actuar al Espíritu Santo, para librarnos de ser tropiezo para nuestros amados hijos.
Por Jéssica Jiménez de Beltrán.

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