Mamá extranjera

17/5/13








Ser mamá, por sí solo, es un desafío grande, pero si a eso le añadimos ser mamá en un país extranjero… el desafío se multiplica.

Eso me pasó a mí.

Nací en Cuba pero emigré a los Estados Unidos y cuando llegué estaba embarazada de mi primer hijo, una niña. Como toda mamá primeriza me enfrentaba a la tarea con mucha inexperiencia y también temores.

 Uno de esos temores era criar a mi hija dentro de una cultura diferente que presentaba al mismo tiempo oportunidades y retos que nosotros como padres no habíamos tenido en el país donde crecimos.

Gracias a Dios el idioma no era uno de esos retos, pero sé que lo es para muchas mamás emigrantes donde a veces los hijos tienen que servir incluso de intérpretes en las reuniones con los maestros en las escuelas. Ese fue uno de mis primeros retos: la escuela.

Llegó el momento del preescolar o kindergarten y eso implicaba escoger una escuela. Las opciones que realmente queríamos no estaban a nuestro alcance. Más de una vez fui delante de Dios con mis lágrimas, mis preocupaciones… mis temores por esta decisión.

Todavía recuerdo la primera vez que entré a la actual escuela de mis hijos. Temor resulta una palabra muy escasa para describir mis sentimientos.

El sistema escolar de los Estados Unidos es completamente diferente al de mi país de origen, desde el sistema de calificación hasta la manera en que se manejan los problemas académicos o los conflictos entre los alumnos.  Para colmo, las noticias no ayudan pues la prensa sensacionalista no pierde oportunidad para destacar “todo lo horrible que sucede en las escuelas”. No digo que no suceda, pero no es tan fiero el león como lo pintan y si tenemos en cuenta los miles y miles de escuelas, con millones de estudiantes, entonces nuestra perspectiva debiera cambiar.

Así que matriculamos a nuestra hija en una escuela pública convencidos de que Dios cumpliría su promesa de ser fiel. Y claro, como mamá yo tendría que ser valiente y hacer mi parte en este reto.

De manera que una de las primeras cosas que decidí fue involucrarme en la escuela tanto como pudiera y así lograr entender cómo funcionaban y qué podía hacer yo para contribuir a la mejor educación de mis hijos. Te animo a que hagas lo mismo si eres mamá emigrante como yo y no entiendes muy bien el sistema. {Y si no lo eres, también te exhorto, pues una buena parte del éxito en la formación escolar se le atribuye a la participación de los padres.}  Puedes unirte a la Asociación de Padres y Maestros (PTA), participar en eventos organizados por la escuela, ofrecerte como voluntaria para acompañar a los niños en las excursiones, etc.

Cada curso escolar oramos por los maestros que les tocarán, por sus compañeros de aula, etc. No importa qué escuela les toque ni dónde sea, esto es lo mejor que podemos hacer. Orar y orar más. Y si tienes la posibilidad de aunar fuerzas con otras madres, ¡hazlo!

Además me propuse conocer a otras mamás e ir aprendiendo de ellas y junto con ellas. Hoy algunas de esas primeras mamás son amigas muy queridas y nuestros hijos tienen una linda amistad.

Todavía me queda mucho que andar en este tema de las escuelas pero Dios me ha ido demostrando poco a poco que este detalle de la vida de mis hijos, como todos los demás, también está bajo su control.

La realidad es que ahora el país donde vivimos es el país de nuestros hijos y tenemos que aprovechar todas las oportunidades que nos ofrece, prepararnos como padres para los desafíos que se nos presentan y al mismo tiempo transmitir a ellos nuestros valores, la herencia de nuestra cultura y sobre todo, instruirlos en la Palabra de Dios que es el único método que no falla, independientemente del lugar donde vivamos, seamos extranjeras o no.

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