Practiquemos la Solidaridad







         Desde la semana pasada estoy viendo por el canal internacional de televisión española un programa que se llama “Entre todos”. Es un espacio abierto para conectar a familias que están pasando algún tipo de necesidad con personas que quieren ayudar. He visto desde familias que no tienen nada que comer o que no pueden comprar útiles escolares para sus hijos hasta jóvenes que necesitan un empujón para montar un negocio o padres que necesitan dinero para darles un tratamiento médico a sus hijos.

         Te confieso que se me encoge el corazón cada vez que lo veo, me emociono al ver cuánta gente dispuesta a ayudar hay. Como se dice en España, me pongo a llorar “a moco tendido” cuando llama una señora que vive de una pensión ínfima para ayudar a una familia con 20 ó 30 € o un niño que rompe su alcancía para ayudar con lo poquito que tiene. Y es que, y eso ya me has escuchado antes decirlo, el ayudar a otras personas no depende de que tengas mucho, sino de que tengas disposición.

         España (al igual que nuestros países latinoamericanos) siempre ha sido un país de vecinos, en el que te conoces por nombre, en el que sabes si tu vecino se ha quedado sin trabajo o si el de al lado se ha ido dejando a la mujer con 8 hijos. Yo crecí con el famoso “donde comen dos comen tres”, con vecinas viniendo a mi casa a por una tacita de azúcar, unos huevos o una barra de pan y con mi padre yendo a alguna casa a cambiar una bombilla o arreglar un grifo goteando. Nosotros vivíamos en un edificio de 8 plantas y 4 manos (éramos los del 4º G) y no había ningún vecino del que no supieras nada. Cuando yo era niña venía mucha gente a pedir puerta por puerta. Vivir en Bilbao a principios de los 80 era muy complicado, no había trabajo por la crisis industrial y por la falta de inversión causada por el terrorismo. Mucha gente tuvo que salir del País Vasco a ganarse la vida fuera, incluyendo mis dos hermanas mayores. No había nadie que llegara a mi casa y que se fuera con las manos vacías. Dinero no, pero comida o ropa, siempre. Recuerdo una vez en la que vino una gitana y hablando, hablando (a mi madre le gustaba mucho hablar con la gente, eso lo saqué de ella) resultó que una de sus hijas se iba a casar y mi madre le dio su vestido de novia. Y no creas que a nosotros nos sobraba. Éramos, en palabras de mi madre “pobres pero honrados”, soy hija de un minero y una cocinera y éramos 7 en casa, con mis abuelos, así que tampoco era como para tirar cohetes.

         A lo que voy, que me enrollo en los recuerdos, es que cada vez se pierde más esa sociedad de vecinos, de conocer al de al lado. Con el pasar del tiempo, hay vecinos a los que no conocemos ni de nombre y vivimos cada vez más de puertas adentro sin que nos importe tanto como antes si en la casa de al lado tienen para comer o no.

         Si nos conociéramos más, si nos ayudáramos más, si nos importara un poco más lo que le pasa a las personas a nuestro alrededor, si todos practicáramos un poco más eso de la solidaridad, las cosas no dejarían de estar difíciles, pero lo notaríamos un poco menos, ¿no crees? O al menos nos quedaría el consuelo de no estar pasando solas el mal trago.

         Ayudar a otros es un valor fundamental que debemos practicar como hijas de Dios e inculcar en fielmente a nuestros hijos. Pablo elogia a Febe en Romanos 16:1-2 por ser una mujer que ayudó a muchos hermanos; en Hechos 9:36-41 se habla de Dorcas, de la que se dice que “abundaba en buenas obras y en limosnas que hacía”. Somos hermosas ante los ojos de Dios cuando nos adornamos con buenas obras (1 Timoteo 2:9-10)... ¡Practiquémoslo entonces!

Quiero dejarte un desafío para este fin de semana. Hagamos algo en lo que podamos involucrarnos como familia, ¿te parece? Escoge una de estas opciones:

         - Haz algo de comer (una torta, unas galletas, un pollo, un arroz frito...) y llévaselo a un vecino que sepas que está pasando un mal momento económico, que se quedó sin trabajo, a una familia con muchos hijos...

         - Invita a comer o a cenar a una familia nueva de tu iglesia, a alguien que no sea de tu “círculo de amigos” o a una persona que esté sola: quizás un inmigrante, un misionero o simplemente alguien que no tenga familia cerca.

         - Acércate a alguna asociación de caridad, comedor popular, orfanato, hogar de ancianos... y dedica algo de tiempo a hacer trabajo voluntario.

         - ¿Hay alguna mujer en tu iglesia que necesite una mano extra? ¿Quizás una viuda o una anciana que no puede reparar la luz del porche o cortar el césped del jardín? ¿O tal vez una mamá sola que necesite descansar un par de horas a la que puedas ayudar cuidando a sus niños?

         - Llévale un plato de sopa a algún enfermo o a una mujer que acabe de dar a luz. O deja una sopa en una taza de plástico de las que tienen tapa junto a alguien que esté en calle, alguien que esté pidiendo...

         ¡Hay tanto por hacer! Sal de casa, conoce a los demás, involúcrate en las vidas de otros. La solidaridad pasa por conocernos, porque nos importa lo que le pasa al de al lado, porque decidimos vivir un poco más hacia el exterior y no centrarnos solamente en nosotras mismas. ¿Qué te parece el desafío? ¿Estás dispuesta? ¡Cuéntanos si haces alguna de estas cosas (o cualquier otra) o si estás planeando hacerlas!

         Contenta en Su servicio,

         Edurne

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