Mi testimonio por Oyuky Navarro de Vázquez

30/10/13






Crecí en una familia que se dice de religión católica, asistí como la mayoría de los niños a clases de catecismo y aunque lo repetí nunca pude llevar a cabo la primera comunión. No recuerdo exactamente el año en que mi madre decidió integrarse a la iglesia evangélica, pero tengo recuerdos de niña donde asistía a escuelitas bíblicas de verano. Mi adolescencia la viví siendo ya “cristiana” o al menos intentando serlo. Sin embargo el Jesús que yo conocía no satisfacía mi necesidad, me sentía sola, incomprendida, anhelaba muchísimo a mi padre, el que me dio la vida, y al que veía sólo en vacaciones. Cometí muchos errores como adolescente, a pesar de haberme bautizado (no recuerdo si a los 14 o 15 años) mi vida no había tenido ningún cambio, muy por el contrario se hundía más en el pecado, las mentiras y todo lo que ahora el mundo le ofrece a los jóvenes.
Conocí al que ahora es mi esposo a los 17 años, íbamos al mismo bachillerato. Después de nueve meses de noviazgo, quedé embarazada, fue la Catástrofe en mi casa. En el momento de que me entero de mi embarazo, todos mis planes, toda mi vida construida en el aire se viene abajo.. me hallaba en un abismo.. no había Dios, me sentía muy sola, extraviada.. pero una cosa tenía muy clara, no iba a abortar.. pensaba que si ya había cometido pecado contra Dios no haría el asunto más grave, no me condenaría más asesinando a un bebé, a un ángel que el Señor me había mandado. Mi novio se responsabilizó valientemente, creo que no sabía en la que se metía, ninguno de los dos lo sabíamos, él con sus escasos 16 años y yo recién cumplidos los 18.
Nos casamos cuando nuestra hija tenía 9 meses de edad, asistíamos ya para ese entonces a esta iglesia, pero, al menos yo, era una oidora olvidadiza, venía los domingos, la Palabra hacía mella en mi corazón, trataba de cumplir la ley de Dios, recataba mi vestimenta, trataba de leer la Biblia, todo era tratar, tratar y tratar, pero no había fe, no había pobreza de espíritu, todo lo hacía en mis fuerzas, y obviamente pronto me cansé y me rendí. Recuerdo que antes de dejar de asistir a la iglesia por completo una de las hermanas me dijo unas palabras que se quedaron taladrando mi mente y mi corazón durante más de diez años, “que esperas para volverte a Dios, ya no lo pospongas, o estas esperando que el Señor trate contigo quitándote a un hijo??” para ese entonces ya tenía yo a mi segundo hijo, y sus palabras me siguieron por muchos años.. yo dejé de asistir porque mi esposo lo hizo, después de ser tan entregado a Dios se volvió todo lo opuesto, yo no entendía porque se alejaba de Dios, ahora se iba con sus amigos, tomaba, iba a los antros y yo me cansé de luchar contra ello, no confié en Dios y me rendí y dejé a Dios a un lado y entonces mi matrimonio era igual que todos los demás.. a veces bien, muchas veces mal, gritos, pleitos, la lucha del más fuerte en el hogar, cuando estábamos bien.. y fueron muchas ocasiones, todo era maravilloso y la esperanza era una luz al final del camino, pero muy pronto todo volvía a ser igual.. Yo creía que con mi amor hacía él lograría cambiarlo, después creí que recordándole que sus hijos le amaban y le necesitaban él se convertiría en ese esposo de los cuentos de hadas, pensé también que si era una mujer bonita, bien arreglada, bien cuidada lo podría retener a mi lado como yo quería.. nada sirvió.. intenté muchas cosas, le lloraba, le gritaba, le suplicaba, le exigía, utilicé todas las formas humanamente posibles.. todo lo que no llevaba la ayuda de Dios y obviamente nada sirvió.
Yo trabajaba en la empresa de mi suegro, era respetada por muchas personas ahí y había otras tantas que me apreciaban mucho, ganaba buen dinero y algunas veces hasta más de lo que él ganaba, que también trabajaba ahí.
El dinero que yo ganaba, el puesto que tenía, las habilidades que había adquirido me habían convertido en una copia fiel de Jezabel y había logrado perder a mi esposo y estaba en camino de perder a mis hijos también.. En el fondo sabía que lo único que me ayudaría era volver a Dios, pero el miedo, la culpa, el no querer perder mi “fabulosa” vida me impidieron volver…
Mi esposo entró a un grupo de Alcohólicos Anónimos, tratando de dejar el alcohol, y para mi no implicaba ninguna esperanza ya. Al principio, cuando él regresó de su primer “retiro espiritual” llorando, arrepentido, pidiéndome perdón, yo medio empecé a creer.. pero días después me di cuenta que todo iba a ser peor.. no salía del grupo, estaba ahí todo el tiempo que no estaba trabajando, desde como las 8 de la noche hasta a veces 12, 1 o 2 de la mañana.. Odiaba su grupo y todo lo que tuviera que ver con éste. Muchas veces le gritaba que cómo podía ir a reunirse y mostrar su cara de santo cuando aquí en su casa ni existía, cómo podía darle consejos a los demás sobre cómo conducirse, sobre cosas familiares cuando el descuidaba tanto de sus hijos. Aniversarios de bodas, reuniones con la familia, cumpleaños, fiebres de 40 grados... nada lo detenía para irse a su retiro o a sus reuniones de grupo. El argumentaba que iba a aprender cosas para verterlas en su familia y yo le decía “¿pero a qué hora??? si te la vives ahí.”
Mientras, en las noches y muy frecuentemente, yo tenía pesadillas, veía imágenes de mis hijos atormentados, muriendo, desangrándose en mis brazos, despertaba en un mar de llanto, corría a verlos, a abrazarlos, a besarlos y rogaba a Dios que no me los quitara. Sabía que Dios me estaba buscando y a pesar de eso, al siguiente día olvidaba el sueño y seguía hundiéndome más y más en mis pecados, en mi amargura.. Yo creía a veces que era feliz, o al menos trataba de creerlo.
Cuando el Señor me llamó otra vez, estábamos a punto del divorcio, mi marido ya se había ido de casa muchas veces y otras tantas yo lo corría, muchas veces regresaba por su propia decisión y muchísimas más porque yo se lo pedía, obviamente cuando regresaba todo era miel sobre hojuelas. Había tolerancia, había de verdad buenos deseos y sinceras intenciones de mejorar nuestro matrimonio, durábamos bien unas semanas o meses y al rato nuevamente volvían los pleitos, los reclamos, mi amargura se encendía otra vez. Yo había ya decidido terminar el matrimonio, ya estaba pensando como decÍrselo a los niños, que días se los llevaría él, etc.. Todo lo que un divorcio implica, yo no quería herir a mis hijos pero era peor vivir entre pleitos.
Hasta que un día, entre tantas presiones de trabajo, tantísimas deudas derivadas de una mala racha en la empresa de mi suegro, los problemas con él, todo, derribaron por fin la coraza de mi corazón, y una tarde, comiendo con mamá, estando mis hijos, mi hermana y mi papá, sin nada más que me contuviera me solté a llorar, así en medio de la comida y dije.. mami.. no puedo más.. ya no puedo más con todo.. fue lo único que logré decir porque no podía dejar de llorar.. todos lloraban en silencio y mamá me abrazo fuerte. Creo que es entonces cuando las oraciones de mi madre se incrementaron.
Y mi vida comenzó a cambiar. Busqué la manera de congregarme otra vez, dejé el baile, el cigarro, las malas palabras, todo lo que en ese momento podía hacer, pero mi esposo no quería ir conmigo. Yo oraba a Dios y le pedía por él y Dios fue cambiando cosas en mi que facilitaron nuestra vida. Comencé a entender cuál era mi lugar en mi matrimonio y no digo que fue fácil, pero confié en el Señor y hasta el día de hoy Él me ha ayudado, me ha dado de su gracia. Sin Dios ninguna mejoría en mi vida era posible, todo era momentáneo.
Soy una mujer que fue independiente de todos, que me sentía autosuficiente para salir adelante sola, que creía que una carrera profesional y muchas ganas de vivir me darían una buena vida.
El Señor trató conmigo de una manera increíble. Yo era muy liberal, feminista, dueña de mí y de mis convicciones, siempre creí saber lo que quería y lo que era mejor para mí y hoy me doy cuenta que sin Jesús nada soy.
Dios trató con mi esposo de una manera única, Dios contestó mis oraciones y le escuchó también a él, quitó todo lo que estorbaba en nuestra vida, y aunque al principio se veía el panorama gris, Dios se fortalece en la debilidad. Nos quedamos sin trabajo los dos, sin dinero, con muchísimas deudas, hasta los dos carritos que teníamos los perdimos, uno se vendió y el otro nos lo robaron, la casa que estábamos pagando tenía ya demanda y estábamos a punto de perderla… pero entre nosotros el perdón y la restitución se estaba dando cada día, y cada día Dios ponía en nuestro corazón un amor profundo el uno por el otro. El Señor me ayudó a perdonarle mucho pero lo principal, me ayudó a pedirle perdón por todo lo que yo había dañado en su corazón, le ofendí, le denigré, no lo respetaba, a pesar de que siempre decía que le amaba intensamente siempre le tuve en poca estima y cada que podía le reprochaba sus errores.
Dios hizo muchos milagros en nuestra vida, porque en medio de todo esto le teníamos a Él y una nueva integrante en la familia venía en camino; nuestro tercer hijo, y tal vez ustedes piensen ¿cómo se pudo embarazar con tantos problemas económicos? Dios es tan sabio, y muchas veces no entendemos lo que prepara para nuestras vidas. Nuestra bebé vino a llenar de amor nuestro hogar, como el sello de un nueva promesa de Dios para nosotros. A lo mejor la escena no era la más deseada, sin dinero, sin trabajo, con muchas deudas, problemas y embarazada; pero teníamos a Dios y eso era lo mejor. La mañana en que nuestra pequeña Sadeé nació, le avisaron a mi esposo que ya tenía trabajo, era una llamada que estábamos esperando hacía como tres meses ya y ese día le dijeron, “preséntate para firmar contrato”. Dios recompensa de maneras hermosas y es un Dios fiel que en nuestra familia ha ido cumpliendo sus promesas, Él está perfeccionando la obra que comenzó en nosotros,  le ha dado a nuestra familia y a nuestras vidas del agua viva de la que teníamos tanta sed.
Ahora nuestro matrimonio es cordón de tres dobleces y él más importante es nuestro Dios que nos rescató de la muerte y que sabemos que seguirá con nosotros, y a Él sea toda la gloria, que sin Él nada de esto sería posible.

Josué 1:9

Mira que te mando que te esfuerces y seas valiente; no temas ni desmayes, porque Jehová tu Dios estará contigo en dondequiera que vayas.



Oyuky Navarro de Vázquez



Poderoso testimonio ¡Gracias Oyuky por compartirlo! Espero que sea de bendición para tu vida como lo ha sido para la mía. ¿Tienes algún testimonio de lo que Dios ha hecho en tu vida, en tu matrimonio, con tus hijos...? Si quieres compartirlo, envíamelo a edurnecia@hotmail.com. Leer lo que Dios hizo y hace en la vida de otras personas nos ayuda a darnos cuenta de que no estamos solas en medio de nuestras luchas y problemas y nos ayuda a seguir adelante, ¿no crees?




4 comentarios:

  1. Gracias, por tu valentía! Puedo compartirlo en un grupo para evangelizar??

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    1. Hola!!! Es para la Gloria de Dios!! Claro que sí puedes. Bendiciones ;) atte. Oyuky

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  2. Que testimonio tan grande, y yo también puedo decir lo mismo, en medio de toda la angustia de un divorcio seguro, Dios tomó control de nuestras vidas y no restauró nuestro matrimonio, sino que lo hizo nuevo!! claro, también empezaron circunstancias difíciles, pero con el cordón de tres dobleces, se van superando... también me robaron mi carrito, se fracturó el brazo mi hija, se fracturó la pierna mi suegra, e ingresado gravemente a mi padre, pero no hay mejor alivio que saber que Dios tiene el control de todo eso y sentir su poder, su fuerza y su amor. Además tener el hombro de mi esposo para llorar en los pasillos del hospital y ver a mi familia orando juntos, eso realmente me hace sentir la misericordia que Dios tuvo para nosotros es incomparable e indescriptible. Bendiciones y gracias por compartir la fidelidad de Dios en tu familia!!

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    1. Gracias a ti por leerlo y también por compartir un poco del tuyo, estoy segura que aún tienes muchísimo más que decir sobre lo que el Señor ha hecho en tú vida. Gloria a nuestro Dios por todas estas cosas. :')

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