Herodías – Serie “Mujeres del Nuevo Testamento”




Mateo 14:3-11

Porque Herodes había prendido a Juan,  y le había encadenado y metido en la cárcel,  por causa de Herodías,  mujer de Felipe su hermano; porque Juan le decía: No te es lícito tenerla.
Y Herodes quería matarle,  pero temía al pueblo;  porque tenían a Juan por profeta.
Pero cuando se celebraba el cumpleaños de Herodes,  la hija de Herodías danzó en medio,  y agradó a Herodes, por lo cual éste le prometió con juramento darle todo lo que pidiese. Ella,  instruida primero por su madre,  dijo: Dame aquí en un plato la cabeza de Juan el Bautista.
Entonces el rey se entristeció;  pero a causa del juramento,  y de los que estaban con él a la mesa,  mandó que se la diesen, y ordenó decapitar a Juan en la cárcel. Y fue traída su cabeza en un plato,  y dada a la muchacha;  y ella la presentó a su madre.


Herodías venía de una familia, cuando menos, complicada. Atenta, porque su árbol familiar es digno de un culebrón. Era nieta de Herodes el Grande, a quien conocemos bien, pues era el rey al que los magos fueron a preguntar por el rey de los judíos (Mateo 2:1-2) y quien mandó matar a todos los niños menores de dos años que había en Belén (Mateo 2:16).  Era también hermana de Herodes Agripa, quien quitó la vida al apóstol Santiago (Hechos 12:1, 2.). Herodías se casó primero con su medio tío conocido comúnmente como Herodes Filipo, con quien tuvo a Salomé. Herodías se divorció de él y se casó con el hermanastro de este, Herodes Antipas, que también era hijo de Herodes el Grande.

Juan el Bautista tenía razones más que de sobra para condenar el matrimonio de Herodías y Herodes Antipas, pues era ilegal e inmoral según la ley judía. Su justa y valerosa denuncia despertó el implacable odio de Herodías, quien puso todas sus fuerzas en acabar con Juan.

Marcos 6:19 dice que, Herodías “acechaba” a Juan y “deseaba matarle”. Tal eran su odio y su rencor por aquel que había levantado su voz para calificar la relación de Herodías con Antipas: incesto, adulterio, pecado.

Imagino a Herodías hablando con Herodes Antipas y rogándole una y otra vez que hiciera callar para siempre a Juan el Bautista. Pero Herodes no se atrevía a poner una mano sobre él (Mateo 14:5) e incluso le temía, porque lo consideraba un valor justo y santo (Marcos 6:20). Así que Herodías urdió un plan retorcido para llevar a cabo su venganza.

Y ahí es donde entra su hija que, aunque no se nombra como tal en la Biblia, sabemos por el historiador Flavio Josefo que se llamaba Salomé.

El cumpleaños de Herodes fue una celebración por todo lo alto. Herodías mandó a su hija Salomé para que bailara para Herodes. Lo que el original dice sobre ella es que era una niña de no más de doce años (korasion) que bailó ante su padrastro. Este se derritió ante la danza adorable de la niña (Marcos 6:22) y le prometió darle cualquier cosa que ella quisiera. Salomé había sido instruida por su madre, le había enseñado su forma de ser y su forma de odiar. Así que esta, se volvió a su madre y le preguntó. “¿qué pediré?” (Marcos 6:24).  

Herodías aprovechó su oportunidad y le dijo que pidiera la cabeza de Juan el Bautista.

Herodes se vio comprometido de tal manera que, aun a su pesar, no pudo negarse a la petición de Salomé  y envió un guardia para decapitarle. Pusieron la cabeza de Juan en una bandeja de plata, se la dieron a Salomé y esta se la dio a su madre.

La venganza estaba consumada.

Podría escribir toda una larga serie destacando los aspectos negativos de la vida de Herodías y de cómo esta mujer es un ejemplo negativo para nosotras, pero hoy voy a escoger solamente uno: su deseo de venganza.

Como creyentes, tenemos directrices claras de cuál debe ser nuestra actitud ante las ofensas y los agravios de cualquier magnitud... y vengarse no es parte de lo que Dios nos dice que debe ser nuestro comportamiento.

Lucas 6:27-30

Pero a vosotros los que oís, os digo: Amad a vuestros enemigos, haced bien a los que os aborrecen; bendecid a los que os maldicen, y orad por los que os calumnian.
Al que te hiera en una mejilla, preséntale también la otra; y al que te quite la capa, ni aun la túnica le niegues.
A cualquiera que te pida, dale; y al que tome lo que es tuyo, no pidas que te lo devuelva.

Eso no es lo que nos pide el cuerpo la mayoría de las veces, ¿verdad? Cuando nos hacen daño queremos que la otra persona sufra también, que pague por lo que ha hecho, y apelamos al ojo por ojo y diente por diente, justificando nuestro deseo de venganza.

Pero Dios dice:

Romanos 12:19

No os venguéis vosotros mismos, amados míos, no dejad lugar a la ira de Dios;  porque escrito está: Mía es la venganza, yo pagaré, dice el Señor.

¿Guardas rencor contra alguna persona en particular? Déjalo ir. Deja que Dios se ocupe. La vida de Herodías nos sirve como ejemplo de lo que no debemos hacer. Fue una mujer que alimentó su odio día a día, que manipuló a las personas a su alrededor con tal de conseguir su venganza.

El necio da rienda suelta a toda su ira - Proverbios 29:11

Por difícil que sea, cuando nos hacen daño, debemos devolver amor, debemos perdonar y debemos dejar que sea Dios el que se encargue de poner cada cosa en su sitio y a cada persona en su lugar. Solo así podrás encontrar paz.

Contenta en Su servicio,

Edurne


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