La mujer samaritana – Serie “Mujeres del Nuevo Testamento”

4/9/15







Juan 4:7
Vino una mujer de Samaria a sacar agua;  y Jesús le dijo: Dame de beber.”

Encontramos el encuentro entre Jesús y esta mujer en Juan 4:1-42. De esta mujer no sabemos el nombre, la Escritura no lo dice, pero sí dice, y esto es lo importante, que es samaritana.

Después de hablar con Nicodemo, vemos a Jesús saliendo de Judea y regresando a Galilea. El camino más corto para hacer este trayecto pasaba por Samaria y, aunque generalmente los judíos seguían la ruta más larga para evitar cruzar el territorio samaritano por las diferencias irreconciliables entre ellos, Jesús escogió pasar por allí (Juan 4:4).

Juan sitúa a Jesús en una ciudad llamada Sicar en el pozo de Jacob. Jesús estaba cansado y se había sentado a descansar cuando llegó esta mujer samaritana al pozo.

Esta mujer llegó a buscar agua a una hora inusual y sola. Este comportamiento se debe probablemente a que estaba excluida de la vida social por su estilo de vida, puesto que las mujeres solían reunirse en el pozo a horas más tardías y frescas para buscar el agua. Se había acercado al pozo en el desierto en el momento más caluroso del día (la hora sexta). Pero el calor asfixiante sin duda era mejor que las lenguas infatigables y las miradas de desprecio de las demás mujeres.

¿Por qué esta mujer estaría excluida de la sociedad de la época? Porque había tenido cinco maridos, o bien por haberse quedado viuda o porque se habían divorciado de ella y el hombre con el que vivía ahora no era su marido, lo cual iba en contra de la ley.  

 Jesús le habló y ella reaccionó con sorpresa (Juan 4:9). Tan solo por el mero hecho de dirigirse a ella, estaba rompiendo varias costumbres de la época y marcando, una vez más, la diferencia:

Se estaba dirigiendo a una mujer.
Se estaba dirigiendo a una samaritana.

Por tradición, un maestro, un rabí, jamás hablaría a una mujer en público, aun tratándose incluso de su propia esposa. Y un judío de la época no se dirigiría a un samaritano ni le pediría agua, menos aún aceptaría beber de su copa.

¿Cuál fue entonces el motivo de que Jesús le hablara?

Que esta mujer supiera que Él era el Mesías.
Que esta mujer aceptara su pecado.
Que esta mujer reconociera su necesidad espiritual.

Y esa necesidad la compara con la sed. La sed física se calma con agua y tenemos que tomar una y otra vez porque la sed vuelve. La sed espiritual se calma con Cristo y ¡bendita Agua Viva! Tan solo tenemos que tomar de ella una vez para que nuestro alma se llene.

Jesús le hace la invitación que ella necesita para saciar su sed espiritual: bebe del Agua Viva.

El agua tiene un uso simbólico a lo largo de las Escrituras. David comparó sus dificultades con «aguas profundas» (Salmos 69:1–2, 14; 124:5) El libro de Proverbios compara las palabras de la gente con aguas profundas y las palabras sabias con «arroyos de aguas vivas» (Proverbios 18:4). Las buenas noticias son como agua fresca (Proverbios 25:25). Varios pasajes se refieren a que nuestros pecados son lavados (Salmo 51:7; Efesios 5:26; Hebreos 10:22). Jesús le dijo a la samaritana que él tenía agua que podría calmar su sed para siempre.

Esta mujer fue tan impactada por ese encuentro, por cómo a pesar de todas las costumbres de la época ese hombre judío habló con ella y le pidió agua, por sus palabras, que automáticamente creyó que Él era el Mesías prometido (Juan 4:25-26) y fue corriendo a la ciudad para contarles a todos lo que había sucedido (Juan 4:39).

La historia de la mujer samaritana tiene dos enseñanzas principales: una, la más obvia, para las personas que no conocen a Cristo: Jesús es el Agua de Vida eterna, el Mesías, el Salvador; y otra, para los creyentes, enseñándonos que Dios nos ama y quiere tener una relación personal e íntima con nosotras a pesar del desastre que a veces es nuestra vida.

Tito 3:3-7

Porque nosotros también éramos en otro tiempo insensatos,  rebeldes,  extraviados,  esclavos de concupiscencias y deleites diversos,  viviendo en malicia y envidia,  aborrecibles,  y aborreciéndonos unos a otros. Pero cuando se manifestó la bondad de Dios nuestro Salvador,  y su amor para con los hombres, nos salvó,  no por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho,  sino por su misericordia,  por el lavamiento de la regeneración y por la renovación en el Espíritu Santo, el cual derramó en nosotros abundantemente por Jesucristo nuestro Salvador, para que justificados por su gracia,  viniésemos a ser herederos conforme a la esperanza de la vida eterna.

A pesar del pasado de esta mujer, su presente y su futuro había cambiado para siempre por su encuentro con Cristo. A veces pensamos que nuestro pecado es demasiado grande, que nos hemos alejado demasiado, que no hay punto de retorno, que es imposible que Dios nos siga amando por algo que hayamos hecho. Pero la invitación sigue siendo la misma...

...Ven, bebe.

La gracia de Dios es suficiente para ayudarte a volver, para que puedas dejar atrás cualquier pecado por grande que sea.

Aprendamos hoy de esta mujer a reconocer nuestra necesidad de Jesús y a aceptar Su invitación para que podamos tener una relación viva, constante y satisfactoria con Él.

Contenta en Su servicio,

Edurne


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